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Porque nunca es demasiado pronto, ni demasiado tarde

-¿Qué hora es?

No llevaba ni un minuto (diría que unos 45 segundos) sentada en la parada del autobús cuando una señora me arrolló con esa pregunta. ¿Qué se supone que debía contestar? ¿No es lo suficientemente pronto? ¿Demasiado tarde?

Todo eso del tiempo ¿para qué sirve? ¿Qué sentido tiene? Unas veces decimos llegar a tiempo como si fuese algo bueno. ¿A tiempo de qué? No lo sé, sólo sé que antes no estábamos ahí… Otras nos disculpamos por llegar tarde, pero qué más da, si al final llegamos. Llegamos, y aun así no parece importarle a nadie.

-Disculpa, ¿tiene hora? – volvió a preguntarme.
-Demasiado tarde – contesté finalmente.
-Oh, no importa. Cogeré el siguiente.
-El siguiente… – susurré.
-Sí, esperaré el siguiente autobús. Tan sólo serán 15 minutos.
-15 minutos… – las palabras se escurrían sin fuerza de mi boca.
-Bueno, a veces olvido que para algunos 15 minutos es una eternidad. A mi edad nunca es demasiado pronto o demasiado tarde para nada, las cosas simplemente ocurren.

La miré mientras sacaba algo del bolso.

-Hoy traje galletas por si perdía el autobús. ¿Quieres?

Mastiqué aquella galleta mientras deseaba que el tiempo también dejara de existir para mí.

Café para dormir

Volví a lavarme la cara mientras el café terminaba de hacerse, pero ni el chorro de agua fría ni el chirriar de la cafetera sirvieron para quitarme el sueño. Entre bostezo y bostezo tomaba un sorbo de café, evitando mirar por la venta, sabiendo que el sol de aquella mañana me pediría que no fuese al trabajo. Dejé la taza en el fregadero y cogí las llaves sin hacer mucho ruido para no despertar a mi mujer. Cerré la puerta y su golpe se sintió como otro en mi pecho, con la culpabilidad de no haberme despedido de ella.

De camino al trabajo no presencié nada inusual, el mismo trayecto, las mismas situaciones, la mismas personas… Bueno, no exactamente las mismas, pero sí las mismas acciones, las mismas miradas vacías, y el mismo sentimiento de no pertenecer a ese mundo.

taza-de-cafeYa en la oficina la cosa no mejoró. No había terminado de sentarme cuando mi jefe ya estaba pidiéndome unos informes. Hacía unos meses que me había ofrecido el puesto de responsable, que yo muy amablemente había rechazado, y lo que para mí supuso una liberación para él debió significar un insulto, pues desde entonces parecía querer hacer de mi vida un infierno. Entregué los malditos informes y paré para tomar otro café, esperando que me hiciera más efecto que el primero.

Mientras seleccionaba la cantidad de azúcar en la máquina Alicia entró en la sala y se ofreció a acompañarme sacándose un té. Durante el tiempo que estuvimos charlando la conversación se centró sobre todo en sus problemas con un tipo con el que había estado teniendo algo así como un lío. A la vez que escuchaba la historia no podía evitar pensar lo estúpido que era aquel hombre por tratar así a una chica tan fantástica y guapa como Alicia, e incluso no dudé en decírselo a ella, quien me agradeció el gesto con una sonrisa. De verdad disfrutaba esos pequeños momentos con ella que me hacían desconectar del aburrimiento y monotonía de mi trabajo, sin embargo, ese día había algo más rondando mi cabeza.

Quedaba un minuto para las 5 cuando empecé a recoger mis cosas con la intención de salir cuanto antes. Estaba a punto de marcharme cuando Alicia apareció para preguntarme si me quedaría a tomar algo con otros compañeros antes de irme a casa, y aunque su oferta sonó tentadora tuve que rechazarla. En el camino de vuelta pensé en mi mujer, en cómo me había marchado aquella mañana y en lo que iba a hacer cuando llegara a casa, empezando a sentirme un poco nervioso.

Al entrar en casa la encontré poniéndole la correa a nuestro perro. 

- Qué pronto vuelves hoy – me dijo sonriendo.
- Sí, he salido en cuanto he podido.
- No me he enterado cuando te has ido esta mañana. Ni un beso me has dado…

Fui directo hacia ella y la besé.

- Ya. Es que hoy era uno de esos días – le dije.
- ¿De qué días?
- De los que sé que si te beso no querré hacer nada más en todo el día, y eso significaría no ir a trabajar ni dejar que tú fueras.
- ¡Pero qué cuentista eres! No intentes manipularme para que te perdone.
- Si es la verdad, llevo todo el día pensado en eso. Hasta he sentido cierto nerviosismo de camino aquí, por saber cómo sería.
- Sabes perfectamente cómo son mis besos… – dijo intentando parecer algo enfadada, aunque sin mucho éxito.
- No me acostumbro a ellos, ni a ti, así que cada día son diferentes.

De nuevo sonrió y me besó.

- ¿Me acompañas a sacarlo?

Asentí.

Paseamos más de una hora mientras ella me contaba su día y yo le contaba (entre otras cosas) la historia de Alicia y aquel tipo, sin poder evitar sentirme triste al pensar que ella no fuese a tener lo que yo hacía tiempo había encontrado. La tristeza tardó poco en esfumarse y entre carcajada y carcajada volví a sentir que estaba en el sitio al que de verdad pertenecía.

Al igual que ocurre siempre que lo estás pasando bien enseguida llegó la hora de irse a dormir. Ya en la cama comencé mi habitual ritual de concienciación para otro día en el trabajo cuando mi mujer apareció con una taza de lo que imaginé sería café.

- Apuesto a que es café – le dije
- Sí… – me contestó con timidez
- Ese es mi motivo de hoy
- ¿Tu motivo?
- Sí. Cuando te conocí me pasé algunos meses intentado buscar alguna señal o motivo por el que no estar contigo, y después de un tiempo sin encontrar nada decidí buscar aquellas cosas por las que nunca me cansaré de ti.
- ¿Y tomar café es una de ellas?
- ¡Por supuesto! ¿Dónde sino voy a encontrar a otra chiflada que se tome una taza de café antes de dormir?
- No creo que sea una chiflada por tomarme un café justo antes de dormir…
- Sólo una chiflada adicta al café diría eso.

Trágicamente imperfectos

Llámame rara, pero a veces tengo una absurda costumbre que consiste en pensar en algo intentando que se cumpla, como si al desearlo con ganas las posibilidades de que ocurriese se multiplicasen. Así que de vez en cuando me da por pensar “si me dice que me quiere ahora mismo, es porque me quiere de verdad”, como si alguna fuerza sobrenatural me estuviese escuchando. Y entonces, en ese momento, tú vas y me dices “te quiero”.

tumblr_n7lctt1VGY1rizz8go1_500Me estaba volviendo loca, y ya no sabía si creer que tengo poderes o que de verdad me quieres. Por eso hoy he hecho la prueba definitiva. Tenías que irte a trabajar, así que me has dado mil besos y me has dicho “voy al baño antes de irme, pero ya no vuelvo”, y luego me has dado mil besos más para despedirte. De verdad que he intentado dormir aún sabiendo que todavía seguías en el baño de casa, pero es que necesitaba un último beso. A los dos minutos estabas de vuelta en la cama, dándome ese beso.

 Ahora sé que no tengo poderes, que sólo somos tú y yo queriéndonos, trágicamente imperfectos.

Las cosas son como las quieras ver

Creía que podía deslizarme por tus sueños, como una sombra se desliza bajo la puerta, para poder mirar dentro de ellos, por si estoy. Pero tan sólo soy la luz de una bombilla desgastada que con el mínimo parpadeo te molesta y a la que, apenas con un simple toque, apagas justo antes de dormir.

No, ahora lo entiendo. Accionar ese interruptor es tu manera de decirme “vente a dormir conmigo”.

La maqueta de la felicidad

Aún me cuesta entender la sorpresa que causo en muchas personas cuando les digo que soy feliz. En el caso de personas ajenas a mí su reacción me es indiferente, pero no negaré que tratándose de mis amigos su incredibilidad es cuanto menos preocupante. ¿Estamos socialmente programados para no poder ser felices o para no comprender la felicidad?

Trabajo en la recepción de uno de los mejores hoteles de la ciudad desde hace ya muchos años. Quizá no es el mejor trabajo del mundo, pero el horario y el salario me permiten tener tiempo y dinero para otras muchas cosas, y constantemente me enriquezco con las historias de las personas que llegan y se marchan, sintiéndome testigo de ese pequeño momento de sus vidas. Además, el ocasional mal carácter de mi gerente queda mitigado por la buena relación que tengo con mis compañeros. La única pega que le encuentro es que siempre origina la misma pregunta: y trabajando donde trabajas, ¿no te da rabia ver cada día a personas tan ricas que duermen en habitaciones más grandes que tu propia casa?

Antes asentía, hasta que me di cuenta de que no, de que no sentía ni una pizca de envidia. Así que ahora doy siempre la misma respuesta: la vida que lleven los demás, quiera o no, en nada interfiere con la vida que yo llevo. Cuando uno de esos ricos me deja una propina generosa no pienso en cuánta fortuna poseerá, sino en qué puedo invertir ese dinero; y cuando la propina es pequeña o ni siquiera hay propina pienso que el dinero a veces simplemente sirve para volver más pobres a las personas.

A los 16 años un amigo de mis padres me regaló una de esas maquetas de avión para construirlo por piezas, que yo obviamente dejé abandonada en mi armario hasta que un año después decidí abrirla, ya que no tenía nada mejor con lo que entretenerme un día de lluvia. Desde entonces dedico parte de mi tiempo a ello, me encanta encerrarme en mi estudio y relajarme escuchando a  Ray Charles mientras construyo algo. Me hace feliz, aunque por alguna extraña razón haya gente que no lo entienda. El otro día, por ejemplo, mi amigo Manuel me preguntó si de verdad me había pasado la mañana del domingo montando una maqueta en lugar de hacer otra cosa.  Luego me llamó conformista, y la verdad, si el conformismo es sinónimo de felicidad, sí, soy conformista.

Si me preguntasen cómo sería mi día ideal no sabría qué responder, tengo una larga lista de cosas que me gusta hacer y con las que disfruto, en diferente grado y dependiendo del momento, así que con esa lista puedo hacer una infinita combinación de días ideales. Supongo que la clave para ser feliz es la comprensión y establecer prioridades. Es decir, comprender que hay momentos del día en los que tenemos obligaciones que cumplir y que existen cosas que aunque nos gustaría hacer a diario no es viable; y priorizar las cosas que de verdad quieres hacer frente a las que no. Entiendo entonces que mi amigo Manuel prefiere ver un partido de fútbol antes que construir una maqueta y que eso le hace feliz, puesto que dedicó la mañana del domingo a hacer eso.

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Hay personas que dicen que si se pasaran la vida viajando serían felices, y yo les pregunto: si te quedase un solo día de vida, ¿preferirías viajar a cualquier parte o hacer el amor a tu pareja todo el día, jugar con tus hijos, pasear a tu perro, tomar algo con tus amigos? Si la respuesta es que prefiere viajar quizá tenga que replantearse algunas cosas, pero si la respuesta es cualquiera de las otras, y es algo que hace a diario, esa persona está siendo feliz aunque no sea consciente de ello.

Mi último gran amor

Cuando eres pequeño una pregunta que te hacen con mucha frecuencia es “¿qué quieres ser de mayor?”. Supongo que es la manera que encuentran algunos adultos de volver a la infancia, a ese momento en el que puedes ser cualquier cosa y en el que todo es posible. En mi caso, yo quería ser forense o maquinista, y finalmente acabé siento maestra, aunque creo que a lo largo de mi vida he sido un poco de las tres cosas. Enseño matemáticas en un colegio, pero también he diseccionado muchos cadáveres (últimamente demasiados; personas sin ilusión ni pasión, personas que al abrirlas están vacías, personas sin vida, o al menos como yo la percibo), y llegué a estar tan cansada de coger tantos trenes sin rumbo que desde hace unos años el tren lo conduzco yo.

Mientras estudiaba magisterio conocí al primer gran amor de mi vida, Rodrigo. Era demasiado pasivo para mí, pero nunca he conocido a una persona tan dulce y generosa. Aún le recuerdo sentado en la segunda fila de clase, mirando hacia atrás disimuladamente, con su sonrisa tímida. Estuvimos juntos los dos últimos años de universidad, tumbados en el césped de la facultad hiciese frío o calor, intercambiando citas de escritores, letras de canciones y mucha saliva. Le recuerdo sujetándome el paraguas los días de lluvia, apartándome el pelo de la cara con suavidad posándolo detrás de mi oreja justo antes de besarme y llegando a nuestras citas pedaleando en su bicicleta roja. Le quise mucho y, sin embargo, al terminar la carrera él cogió un tren de vuelta a su tierra mientras mi corazón miraba hacia otro lado. Lloré durante unas semanas y le eché de menos unos cuantos meses, pero al final sólo ha quedado de él una nostálgica sonrisa en mi cara al ver las dobleces en las páginas que más le gustaban de los libros que una vez le presté.

No había pasado un año cuando conocí al segundo gran amor de mi vida, otro Rodrigo, a través de una amiga que teníamos en común, y sólo tardé una semana en ver que el nombre era lo único en lo que coincidía con el anterior, pues este Rodrigo estaba lleno de energía y de espontaneidad. Fue una relación muy intensa donde la mitad del tiempo nos la pasábamos riendo y la otra discutiendo o enfadados. Digo intensa porque en los siete meses que duró aquella historia me enamoré más y experimenté cosas que hasta entonces no había experimentado y que introdujeron en mí un concepto equivocado del amor. A pesar de que de vez en cuando dejábamos de hablarnos a causa de las discusiones y de que cuando eso pasaba Rodrigo aprovechaba para llevarse a la cama a otras chicas, yo siempre encontraba una pizca de idiotez en mi corazón que le justificaba y que creía que las cosas serían diferentes. Al final tenía razón, las cosas acabaron siendo diferentes, aunque no como yo hubiese deseado, y Rodrigo escogió a una de esas otras chicas en vez de a mí.

Después de eso me quedé destrozada y no tenía mucho espacio en mi cabeza para otros pensamientos que no fuesen: qué había hecho mal, qué estaba haciendo Rodrigo, si estaría pensando en mí como yo pensaba en él o si cambiaría de opinión respecto a nosotros. Necesité casi tres años para superarlo y volver a la realidad. Por supuesto durante ese tiempo continué haciendo planes con mis amigos y conociendo otros chicos, pero yo no era la misma persona, aquella relación me había cambiado, y hasta que no fui consciente de ello no pude encontrarme de nuevo. Recomponerme no fue fácil, pero una vez lo hice pude seguir adelante. No sé si es porque me esforcé muchísimo en olvidarle o porque al fin y al cabo su paso por mi piel no fue para tanto, pero a día de hoy el único recuerdo que tengo de él es el del golpe de un cigarrillo contra la palma de su mano antes de llevárselo a la boca.

A mis veintiocho años ya disfrutaba de una estabilidad laboral y económica, así que hacía bastantes pequeños viajes (sobre todo de fines de semana) con amigos y también sola, aunque los que hacía en solitario eran siempre dentro de España. Fue en uno de esos viajes en los que conocí a Nacho, que por suerte residía también en Madrid, evitándonos pasar por una de esas angustiosas relaciones a distancia. Con Nacho abrí de nuevo mi corazón y continué la lección que dejé a medias con mi primer novio, volviendo a vivir un amor dulce y cálido, un amor sano. Me encantaba la idea de que nos hubiésemos conocido viajando, como si ambos necesitásemos un compañero para compartir todo eso, y lo mejor era que como él tenía su propio negocio, una inmobiliaria, y mi trabajo me lo permitía, aprovechábamos las vacaciones de verano, navidad y los puentes para recorrer mundo. En cuatro años habíamos visitado gran parte de Europa, Japón, Estados Unidos, Canadá, Camboya, Nepal, India y Egipto. Nacho era muy organizado, así que siempre que viajábamos preparaba un itinerario detallado, algo que aunque puede parecer fantástico a mí me volvía un poco loca ya que me veía forzada a cumplirlo. Conocer otras culturas y dar clases en la escuela me hacía sentir bien, pero había algo que me preocupaba: en clase siempre tenía la respuesta para cada una de las preguntas que mis alumnos me planteaban y, sin embargo, mi vida estaba llena de preguntas cuya respuesta desconocía. A veces pensaba que la verdadera felicidad no existía y que siempre habría algo interponiéndose.thumbprint-693823_1280Estaba enamorada de Nacho y las cosas entre nosotros iban muy bien, pero por alguna razón tenía la sensación de que el verdadero motor de aquella relación era él y que yo simplemente me dejaba llevar como un salmón que se ha cansado de nadar y es arrastrado y sumergido por todo ese agua. Un año después de irnos a vivir juntos Nacho me dijo que deberíamos ir pensando en tener nuestro primer hijo, fue cuando reaccione, saliendo a respirar, saltando fuera del agua para echar a volar. Dejar a Nacho fue una de las cosas más duras y a la vez más liberadoras que he hecho nunca. Llevaba un tiempo echando de menos los viajes en solitario, así que volví a hacerlo; al principio sentí que guardaban la misma esencia que cuatro años atrás, hasta que empecé a echar de menos a Nacho y a dolerme su ausencia, de una manera más madura que con Rodrigo. Esta vez, cuando pensaba en Nacho me preguntaba si lo estaría pasando mal o si podría hacer algo para solucionarlo, descubriendo que hiciese lo que hiciese al menos uno de los dos lo pasaría mal. Hay muchas cosas que recuerdo de él, como la costumbre de escuchar la radio mientras desayunaba, el nombre por el que me llamaba cuando estábamos solos y nadie le oía, o el olor de su colonia, y que no creo que olvide, pues a día de hoy aún mantenemos el contacto.

La mayoría de la gente pensó que la decisión de dejar a mi tercer gran amor fue fruto de una crisis de pánico pasajera activada cuando él propuso que fuésemos padres y que yo volvería en cuanto se me pasara, pero yo sabía que sólo había sido una excusa para hacer algo que, aunque subconscientemente, llevaba tiempo queriendo hacer. De hecho, quedó confirmado por lo que sucedió más tarde con mi cuarto y último gran amor. Alejandro y yo nos conocimos en una cafetería medio año después; a los cinco meses ya compartíamos techo y un año después me quedé embarazada de nuestra hija, Claudia. Nunca me he preguntado por qué con Alejandro sí y con Nacho no, simplemente fue así y no creo que exista otra respuesta. O quizá la respuesta es demasiado compleja o difícil de explicar porque se encuentra en infinitos detalles. Por ejemplo, la forma en la que Alejandro me mira cuando estoy haciendo algo y él cree que no me doy cuenta me hace sentir protegida, como un pájaro que es observado al posarse en una rama, pero que puede echar a volar libre en cualquier momento mientras le sigues con la mirada para saber que sus alas continúan aleteando. O la sensación de que, aunque he viajado mucho, no he visto de verdad un lugar hasta que estoy allí con él y nos perdemos porque ninguno de los dos ha preparado un itinerario.

Hace unos años fuimos a Perú, era un viaje que llevábamos mucho tiempo planeando, ver la puesta de sol desde Machu Picchu. Recuerdo que al día siguiente de volver, ambos seguíamos de vacaciones, así que decidimos salir a desayunar, y mientras comíamos unas tortitas nos miramos y supe que estábamos pensando lo mismo. Haber visto aquel atardecer fue mágico, pero desayunar con Alejandro cada día me hacía mucho más feliz. No quise imaginarme lo que hubiese sido comer aquellas tortitas en Machu Picchu.

Lo que más me gusta de Alejandro es que aún sintiendo que sé lo que va a decir y cómo va a actuar en cada momento, sigue sorprendiéndome con algo nuevo. Es como si de pronto improvisase, como si el guión de nuestras vidas no estuviese completamente escrito, sino más bien existieran espacios o incluso páginas enteras en blanco esperando para ser completadas cuando estemos preparados. Lo que más me asusta, que con él todo son recuerdos.

Hoy mi hija Claudia, a sus diecinueve años, ha roto con su primer gran amor. Me gustaría contarle todo esto y pedirla que tenga paciencia, pero cada persona es diferente, y al igual que yo, ella también necesita pasar por todos esos grandes amores. Así que lo mejor que puedo hacer es sentarme a escucharla y fingir que yo no sé cómo se siente.

El lugar donde quiero estar, pero que aún no conozco

Ahí estaba, sentada en la playa y ni siquiera era capaz de alzar la vista para ver el horizonte. Lo único que me mantenía en calma era hundir los dedos de mis pies en la arena para luego volver a sacarlos a la superficie. Algunos placeres de la vida son realmente curiosos y adictivos, pues pude estar con ese jueguecito durante unos quince minutos y ni los pinchazos de los pedacitos de conchas y piedras que mis pies encontraban a su paso me impidieron seguir bailando con la arena.

De pronto la batería de mi reproductor murió y con ella el silencio. Un segundo bastó para darme cuenta de que no estaba sola, sino más bien rodeada por cientos de sombrillas, rastrillos, cubos, palas, tumbonas, y por supuesto personas, entre las cuales encontré la mirada de mi amiga que al parecer llevaba un rato llamándome desde la orilla para que me uniese al chapuzón con el resto, probablemente preguntándose extrañada por qué permanecía allí con la vista puesta en mis pies como si me hubiese vuelto loca. Sin embargo, para mí los locos eran los demás, y yo la que intentaba mantener cuerda cada parte de mí que aún quedaba intacta. 

Estaban locos porque tomaban decisiones como quien toma una bocana de aire. La vida ya no era unidireccional, sino que se presentaba como una ciudad de calles infinitas y yo seguía mirando desde la mirilla de la puerta, sin atreverme siquiera a abrirla para tomar la primera calle. Volví a mirar la arena envolviendo mis pies, donde cada grano era una de esas posibilidades y yo me sentía cómoda teniéndolas todas a mi alcance, sin tener que elegir.

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Ir al agua o quedarme en la toalla, esa era la decisión que tenía que tomar en ese momento, y en mi cabeza sólo podía pensar que quizá no quisiera ninguna de las dos cosas porque soy más de montaña. Estaba asustada. A mi lado un niño excavaba con su pala tan profundo que desee que ese hoyo se convirtiese en un portal que me teletransportase a otro lugar, pero ni siquiera conocía el lugar en el que quería estar. Estaba realmente asustada.

En la mismísima sombra del viento

Me sentía como una elegante vagabunda recorriendo las calles de Madrid cuando el sol ya hacía tiempo que dormía y en cada nueva calle el volumen del silencio iba siendo más alto. Digo elegante porque me había puesto un sencillo vestido negro de encaje y unos zapatos para ir al teatro, a pesar de que había ido sola. En realidad no me importaba ir sola al teatro, casi hasta lo prefería antes que obligar a cualquier amigo a tener que ejercer de acompañante para tener que oír sus quejas dos horas más tarde al salir de la representación. Me atrevo a decir incluso que me gustaba, era la prueba de que estaba haciendo algo que me hacía feliz, y lo sé porque no necesitaba a nadie a mi lado que corroborase que estaba bien lo que hacía.

Sin embargo, la felicidad siempre se mezclaba con la incomprensión al terminar la obra, y como resultado aparecía la amargura para obligarme a caminar sin rumbo mientras una maraña de pensamientos aparecía en mi cabeza. ¿Sabes cuando sacas los auriculares del bolsillo y están tan enrollados entre sí que para cuando consigues desliarlos prácticamente has llegado a la parada de metro donde tienes que bajarte? Pues más o menos así se encontraban mis pensamientos.

Y entre tanto silencio apareció una voz abrazada a las cuerdas de una guitarra. Mis pies avanzaron hacia la voz mientras mi cabeza hacía ya tiempo que se encontraba al otro lado del parque imaginando unas manos entrando en calor acariciando hilos de acero en mitad del mes de noviembre.

Cuando me encontraba a pocos metros, el chico me regaló una frase: “Si me echas de menos búscame en todo soplo de aire fresco, en cualquier ráfaga de versos, en un efímero suspiro, tras un vendaval de sueños. En lo alto del camino, en la mismísima sombra del viento.” Y tenía razón, nunca tuve que volver a echarlo de menos, desde entonces encuentro la felicidad en la sombra del viento, que llega a mis oídos en forma de melodía.

Dejando de ser princesa

Érase una vez una chica que se creía princesa, razón por la cuál no dejaba de buscar a su príncipe, pues ningún hombre con menos título merecería su mano y su amor. Esperó unos cuantos años hasta que por fin se le presentó la oportunidad de casarse con el heredero del reino vecino, un joven con quien la genética se había portado muy bien, físicamente hablando, que al final y al cabo era lo más importante para nuestra ingenua (o ignorante) protagonista.

flower-explosionLos días pasaban, y con ellos las semanas, organizando la gran boda, pero aquel momento que debía ser de una felicidad inmensa se sentía más bien como una soledad desgarradora, ya que el príncipe siempre se encontraba ausente a causa de sus viajes de política exterior, de las largas reuniones con sus fieles consejeros o de los asuntos del pueblo que reclamaban su atención. Así, aunque las fiestas de palacio eran numerosas, la muchacha sólo compartía un baile con su prometido y luego este se retiraba a beber desde su trono o a charlar con otros nobles. Ya no recordaba cuánto hacía desde la última vez que pasaran un día juntos, que cenaran en la misma mesa, o que riera con él. A veces incluso ella le odiaba por abandonarla, pero enseguida se le pasaba el enfado al recordar que ellos nunca habían estado tan unidos como para poder usar la palabra “abandono” y que quizá la culpa fuese suya por no tener intereses propios. Fue en ese momento en el que la aspirante a reina tomó el control de su rutina, o quizá debiéramos decir el descontrol, pues empezó a actuar de una forma completamente espontánea tomando prestada como única guía su apetito: unas veces era apetito de montar a caballo, otras de leer, de observar el amanecer, de pasear por la ciudad o incluso de pasarse una mañana cocinando algo para luego devorarlo en unos minutos, pero sobre todo, de lo que sentía más apetito era de pintar.

Un día se encontraba pintando, pero a pesar de que las doncellas que siempre la acompañaban la decían que era una hermosa pintura, ella sabía que le faltaba un color que no tenía para acabarla. Recordó entonces que su tía, de quien había heredado ese amor por el mundo de los pinceles, le explicó cómo sacar colores de los pétalos de las flores, así que sólo tenía que encontrar ese tono en la naturaleza para hacer su obra más real. Fue a las afueras donde halló una pequeña flor con ese color, sin embargo estaba mustia, apagada, y la princesa pensó que aunque consiguiese convertirla en tinta quedaría reflejado en la pintura el tono triste de aquella flor, cabizbaja, que de algún modo le recordaba a sí misma. Entonces un hombre que la observaba acostado en la colina le preguntó:

-¿Ha perdido algo?

-No, más bien lo he encontrado, aunque no como esperaba.

-¿Se refiere a la flor morada?

-Es lila, pero sí, me refiero a la flor.

-Perdóneme, no quería ofenderla – dijo mientras se acercaba – siempre he creído que el nombre era lo de menos, que lo importante es lo que significa para nosotros ese color al verlo, lo que nos transmite, el lugar al que nos transporta.

-Y tiene toda la razón. Yo no veo un tono lila, veo…

-Soledad

-Sí, está sola. Está viviendo y muriendo sola.

-Venga por aquí – le dijo el campesino.

Rodearon una casa y de pronto estaban ante un valle repleto de flores de todos los colores.

-¿Podría coger alguna?

-Vaya pregunta. No son mías, ni de nadie, así que supongo que sí puedes, pero te recomiendo que no cojas más de las que necesitas. De hecho, te propongo que cojas unas pocas y cada día que lo necesites vuelvas a por más y así disfrutar de tu compañía.

-¿Usted no trabaja?

-Crío y cultivo en mis tierras, y de eso vivo. Una vez a la semana voy a la ciudad a vender para sacar algo de dinero y poder así comprar otras cosas.

-¿Es esta su casa?

-Sí. ¿Por qué la mira así?

-No la miro de ninguna forma. Es sólo que me pregunto si tiene espacio suficiente.

-A veces incluso pienso que me sobra espacio – dijo el muchacho riendo. -Su casa es más grande supongo.

-Yo vivo en el palacio, así que, sin ánimo de ofender, mi habitación es más grande que su casa.

-Caray. No me ofende. Tiene que ser impresionante vivir en palacio, pero no dejo de pensar que se trata igualmente de un espacio rodeado por paredes. Yo utilizo mi casa para dormir, cocinar y protegerme del frío, pero como bien ha visto, prácticamente hago vida fuera. Le recomiendo que lo pruebe.

A partir de ese día, la planificación de la boda pasó a ser un asunto de tercer o cuarto grado en la lista de prioridades de la princesa. Al principio dos días por semanas y después casi todos los días, la joven se trasladaba con sus lienzos al valle y desde allí pintaba, mientras conversaba con el campesino. Al llegar a palacio, lo único que hacía era pensar en lo que pintaría al día siguiente. El príncipe apenas fue consciente de la ausencia de la princesa, así que un día, sin decir nada, la princesa bajó al valle para no volver jamás.

Unos meses después sonaron las campanas de la iglesia anunciando la boda real, pero la princesa que nunca llegó a ser princesa ni siquiera las escuchó tumbada en aquella colina.

 

En una caja de cerillas

Antes de conocerle mi vida entera, mis experiencias, mis emociones, mis miedos, mis opiniones, incluso mis sueños cabían en una caja de cerillas. ¿Que por qué en una caja de cerillas? Bueno, supongo que porque estaba destinada a arder al igual que la pequeña cabeza de una de ellas, y lo único que necesitaba era la chispa que él me dio. Por supuesto él no era un mechero, era simplemente una persona.

Un chico tan común que ni siquiera sabría cómo describirle o destacar algo de su carácter y, sin embargo, su ordinariez era extrañamente especial. No era el chico más gracioso que conozco y aún así mi sonrisa nunca desaparecía cuando estaba con él; no era lo que se consideraría un chico guapo, pero yo no podía dejar de mirarle, tanto que hasta podría acertar en el número de pecas que contienen sus mejillas; y sin ser una persona culta me enseñaba algo nuevo cada día, y cada día mi curiosidad crecía, quedándose pequeño el espacio que antes parecía inmenso en la caja de cerillas.

Me hubiese gustado poder decir que nos conocimos de una manera más bonita o romántica (por ejemplo que mientras yo leía en un parque él se acercó a preguntarme sobre el libro, o iniciando una conversación en un café, en un museo, o en el autobús de vuelta a casa), pero la verdad es que lejos de ser así nuestra primera conversación no fue nada agradable ni bonita de recordar. Ya nos conocíamos de vista antes de hablar por primera vez, era el primo de una amiga mía y ambos habíamos coincidido en alguna que otra fiesta, sin más intercambio que un “hola” y “adiós” de cortesía. Recuerdo que la noche que hablamos yo llevaba un vestido azul claro y me había recogido el pelo porque no había tenido demasiado tiempo para arreglarme, recuerdo mirarle una y otra vez mientras él hacía lo mismo, y pensar en lo horrible que debía verme con el pelo así. Hacia el final de la noche mi amiga Claudia acabó más borracha que de costumbre (que ya es decir), así que él me ayudó a llevarla hasta el taxi y justo antes de montar mi amiga me vomitó en mitad del vestido. 

-Al menos no ha sido en el pelo –  dijo Jorge riendo a carcajadas.

-Ya, supongo que debo estarle agradecida y todo – dije con una leve sonrisa

-Nunca te había visto con el pelo recogido, te sienta bien, estás guapa – me dijo como si nada

Yo no sabía qué decir. Se supone que en este tipo de situaciones debo decir “gracias” y sonreír, pero no fui capaz de emitir ningún sonido.

-Bueno, me están esperando. Espero que lleguéis bien a casa – dijo mientras se marchaba y se despedía con la mano.

Y yo me quedé ahí parada, como una tonta, sin saber qué decir ni qué hacer hasta que la voz del taxista me trajo de nuevo a la vida real. Cuando llegué a casa me miré al espejo y a pesar de la mancha de vómito seca que Claudia había dejado en mi vestido, me sentía bien conmigo misma. Este es el primer recuerdo que tengo cada vez que pienso en Jorge, mi imagen en el espejo con aquel vestido.

Al día siguiente todo parecía igual hasta que recibí un mensaje de Jorge en el móvil. Era extraño ya que en él solo me puso una hora y una dirección para vernos el lunes siguiente y sólo me pedía que le confirmase que acudiría. Al principio dudé, pero supuse que su prima le habría dado mi número de móvil y que no podía tratarse de nada malo, por lo que finalmente accedí. No sé por qué nunca me había sentido así antes, pero deseaba con todas mis fuerzas que las próximas horas pasasen rápido hasta encontrarme con él.

El lunes me desperté antes de que sonase la alarma, y eso que el gran acontecimiento era a las siete de la tarde. Las horas pasaron lentamente hasta las seis, diría incluso que en algún momento el tiempo se paró, pero en el momento que salí de casa sentí que no había vuelta atrás y de pronto los minutos se aceleraron, no podía creer que ya hubiese llegado el momento. Parece una estupidez, pero a mis diecinueve años había tenido pocas citas y mucho menos tan misteriosas como esa. Estaba tan nerviosa que me pasé la calle por la que tenía que girar, ni siquiera sabía si los vaqueros y la sudadera que me había puesto serían adecuados para la ocasión, ni qué tenía pensado Jorge que hiciéramos. En el último momento, justo antes de llegar al punto de encuentro, se me pasó por la cabeza que tal vez se trataba de una quedada con más amigos y me sentí muy estúpida por haber deducido que se trataba de una cita, pero cuando llegué sólo estaba Jorge. Los primeros cinco minutos sentí que me iba a desmayar, pero en seguida Jorge hizo que me sintiese cómoda en su presencia, parecía que nos conociésemos de siempre. Estuvimos quedando varios días seguidos y seguíamos una especia de rutina: caminábamos o nos sentábamos en la terraza de algún bar a charlar, de vez en cuando él tomaba mi mano, hablábamos de cosas muy normales, pero de alguna forma él las hacía especiales y todo lo que decía me resultaba fascinante (el sonido de su voz y de su risa aún sigue resonando en mi cabeza). Al llegar a casa de noche yo llamaba a Claudia para contarle todo, para volver a sentir que volaba mientras ella me decía lo estúpida que era por haber pasado otro día sin besarle, pero a mí me daba igual porque besándole o no era feliz.

Era verdad, me daba igual no besarle durante los primeros días, pero entonces llegó el sábado por la noche y pensé que el domingo (después de una semana viéndonos cada día) sería ya momento para hacerlo, así que me acosté imaginando cómo sería besarle de mil maneras diferentes, cómo sabrían sus labios o si me agarraría de la cintura al hacerlo. Por fin llegó el momento de encontrarme de nuevo con Jorge, me costaba entender cómo alguien podía significar tanto en tan poco tiempo. Esta vez paseamos hasta una plaza donde parecía haber un concurso de pintura porque había un grupo de personas con lienzos y pinturas al óleo. Decidimos sentarnos entonces en un banco cercano a observar los delicados movimientos que cada uno de los artistas hacían con el pincel, y pensé que era el mejor momento para probar a qué sabían sus besos cuando algo me interrumpió. Ese algo fue la propia voz de Jorge diciéndome que al día siguiente se marchaba a vivir a Lauterbrunnen, un pequeño pueblecito de Suiza, y que no sabía cuándo volvería si es que lo hacía. Yo no entendía nada, no entendía por qué había pasado su última semana en España conmigo, ni por qué cogía mi mano. A pesar de mi dolor, no podía reprocharle nada porque él nunca me dijo que eso fuese más que una inocente relación entre amigos. Justo antes de decirnos adiós para siempre abrazó mis lágrimas.

Después de eso pasé casi tres meses pensando en aquella semana, pensando en Jorge y analizando cada detalle en busca de una motivo. Le pedí a su prima su número en Suiza y el correo electrónico, pero tras escribirle diez veces sin obtener una respuesta me dije a mí misma que era suficiente. Pasaba los días como antes de conocerle, hacía las mismas cosas, quedaba con las mismas personas, leía los mismos géneros de novela, escuchaba las mismas canciones, pero algo en mí era diferente. Tardé en darme cuenta de que aquella semana no había tratado sobre Jorge, había tratado sobre mí. Recordé que el lunes, el primer día que quedamos, Jorge me había dicho que me iba a hacer un regalo pero que tardaría unos días en estar listo, sin embargo, ese regalo nunca llegó a dármelo, ¿o sí? Yo no estaba enamorada de Jorge, no estaba enamorada de sus palabras, lo que de verdad amaba eran mis reflexiones aflorando cuando estaba con él, lo que me hacía feliz era descubrir cada día todo el potencial que yo tenía a través de nuestras charlas. El regalo que Jorge me hizo fue la chispa que necesitaba para ser yo, para abrirme al mundo, y es por eso que el primer recuerdo que viene a mi mente cuando pienso en Jorge es mi imagen reflejada en el espejo de mi cuarto con aquel vestido azul claro, porque fue la primera vez que vi dentro de mí, que me reconocí.

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Estaba destinada a arder, a arder hasta morir devorada por mi propio fuego, consumida por lo que soy, y Jorge lo sabía. Me encanta saber que yo soy la protagonista de mi vida, que la manera en la que la llama avance será la que yo decida con la calidad de mi madera y según cómo me mueva con el viento.

Escribo esto mientras escucho la BSO de 500 days of Summer y es que no puedo explicar lo que me transmiten esas canciones, solo sé que nunca podré cansarme de escucharlas.