Aunque lo parezca, no existen dos gotas iguales

Esa era mi parada, tenía que bajarme del autobús pero mi cabeza no mandó la señal a mis piernas para que estas se movieran. Por alguna razón quería quedarme allí dentro, lejos de todo aquello que pudiese herirme. Cuando el autobús volvió a ponerse en marcha algo inundó todo mi cuerpo, al principio lo interpreté como una agradable sensación de alivio, pero enseguida reconocí ese sentimiento que tenía olvidado. Se trataba de una pizca de felicidad en forma de escalofrío.

Las gotas de la lluvia golpeaban contra la ventana y algunas se quedaban adheridas al cristal, parecía que querían entrar a refugiarse conmigo. Yo las miraba una a una hasta que alguna empezaba a avanzar, casi como si estuviese decidida a cruzarse con otra; y así era, al final se encontraban, uniéndose y convirtiéndose en una sola. ¿Pero cuánto duraba eso? En algún momento volverían a evaporarse, y las nuevas gotas que se formasen ya no serían iguales a las anteriores. Era raro, de pronto entendí que yo también me había evaporado. Ya no quedaba mucho de lo que algún día fui, por eso no había querido bajarme, por eso sigo buscando una nueva parada.

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