Archivo Autor: Maria Escribano

Convivir con el frío

Tengo que compartir una presentación de diapositivas en uno de los post para un trabajo del máster así que, con el fin de evitar que parezca una publicación forzada, he buscado una presentación sobre algo que pudiese inspirarme a escribir una pequeña historia y al final he encontrado esta que muestra varias fotografías sobre el frío aunque hermoso invierno.

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Recuerdo mirar por la ventana y ver el jardín cubierto de nieve, refugiándome en cada copo para alejarme de la discusión de mis padres. Solían discutir muy a menudo, pero aquella noche fue diferente. No es que mi padre hubiese olvidado sacar la basura o llevarme al dentista, ni tampoco es que mi madre hubiese tardado dos horas en arreglarse provocando que llegaran tarde a alguna cita; esto era más serio. Por lo que pude escuchar, mi padre había estado pasando más tiempo del adecuado con otra señora que no era mi madre, aunque la cuestión no era que pasase más tiempo con ella, sino lo que hacía en ese tiempo. Sí, al parecer se acostaban juntos, aunque yo tenía nueve años y en mi cabeza se concebía más como el simple acto de dormir, con abrazos y caricias. Puede que mis padres pensasen que yo sólo era una niña, que no sería consciente de sus gritos y sus reproches, parada junto a la ventana con la mirada perdida entre el blanco del paisaje, y por eso me dejaron escuchar y ser partícipe (aunque pasivamente) de ese teatro. Y digo teatro porque eso lo que realmente parecía era una mala interpretación, llena de engaños, buscando que resultara creíble para el espectador (o sea yo) cuando tuvieron que explicar lo que estaba pasando. Recuerdo entrar en la cocina al día siguiente y encontrarme a mi madre sonriendo, preparando café para mi padre. Sé que se besaron, el beso más triste que he visto nunca, y tras ese beso me dije a mí misma que nunca me permitiría ser así de infeliz.

Mientras todos estos recuerdos vienen a mi mente estoy esperando a que mi marido regrese a casa, sabiendo de sobra que no está tomándose algo con su amigo Pablo (quien ha subido una foto pasando el fin de semana en la sierra al Facebook). Y me río, porque mi marido ya ni se molesta en maquillarse antes de salir a escena, porque yo sigo siendo la espectadora pasiva que finge creerse la obra. Ardo por dentro, derritiendo la fría nieve, y saco fuerzas para acabar con tanto dolor, pero cuando él entra por la puerta corro a abrazarle, imaginándome a mi madre sintiendo miedo de dejarlo todo, de afrontar la vida sola. Me siento infelizmente cobarde, cada día.

Pobre niña de nueve años ¿qué pensaría si me viese ahora? 

Un rayito de sol entre las nubes

Es verdad que en los dos últimos meses casi he pasado el mismo tiempo en Londres que en Madrid, pero aún así no puedo evitar que me sigan doliendo las despedidas, o que sienta que parte de lo que soy, o parte de lo que fui se queda en cada vuelo.

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Entiéndeme, no soy una chica con un gran espíritu patriótico. Claro que me gusta el jamón, la siesta y el sol, sin embargo, no me siento ligada a un sitio en concreto. Y es que cuando digo que me duele irme de España no estoy hablando de dejar su cultura, estoy hablando de dejar allí mi familia, mis amigos, mi novio, mis calles, mi casa…en definitiva, mi zona de confort en la que estoy a gusto, como cuando te tumbas en el sofá o en la cama y te arropas hasta arriba, calentito, protegido.

Lo curioso es que a veces echo de menos las cosas que en España odiaba. Por ejemplo, en España yo era la chica educada y silenciosa que se sentaba en un rincón del tren y escuchaba música con sus cascos y a quien incordiaba el/la típico/a cani de barrio escuchando música a través de los altavoces del móvil; aquí yo soy la ruidosa, porque el metro de Londres es como un metro fantasma, nadie habla, nunca, bajo ninguna circunstancia, así que los primeros días yo iba tranquilamente con mi música y notaba que la gente me miraba, como si hiciera algo malo. Al final caí, llevaba la música al máximo volumen (como en España cuando intentaba evitar que el “chunda chunda” de aquel cani se introdujera en mi cerebro), un volumen excesivo para el continuo silencio de Londres. Cuánto echo de menos a los canis que me hacen sentir como en casa.

Creía que la ausencia de sol no iba a ser un problema, pero despertarse en un lugar extraño y que pase todo el día lloviendo no ayuda mucho a sonreír. Si tienes un mal día echas de menos todo, simplemente tomarte un café con alguien o salir a dar una vuelta por los lugares que conoces. Es graciosa la forma en la que funciona la mente, ya que sólo por el hecho de saber que estás lejos el significado de cualquier cosa se multiplica por mil (recibir un mensaje, una foto o un audio por Whatsapp, hacer una llamada, no poder tener un abrazo cuando lo necesitas…). Por suerte, suelo sacar unos minutitos al día para recordarme el porqué estoy aquí, lo que estoy haciendo o lo que voy a conseguir (o creo que voy a conseguir). Quien sabe si algún día sentiré nostalgia de esta ciudad que ahora resulta tan fría.

Volver al principio

Voy a empezar disculpándome. Me disculpo porque quizá has entrado en este post esperando encontrarte una emotiva despedida de año, pero no. No quiero caer en convencionalismos, ni a nombrar una por una las personas que han sido especiales durante los últimos 365 días, ya que no porque el 2014 se acabe ese sentimiento va a desaparecer. Todo lo que haya vivido este año son experiencias, emociones, errores, lecciones, amistades y despedidas que se adhieren a todo lo que ya ocupaba lugar en mi cabeza en forma de recuerdos que se acumularán hasta el final, cuando ya no quede nada.

Tampoco esperes que te desee un nuevo año lleno de felicidad, amor, salud, dinero, amistad. Sólo te desearé valor, valor para que empieces a hacer todo aquello que siempre dices que harás, para que dejes de buscar excusas y te decidas a llevar la vida que de verdad quieres (he de decir que yo también necesito desearme a mí misma un poquito de ese valor), pues eso es lo que realmente te hará feliz.

De hecho, lo que me apetece es regalarte un poco de mi imaginación…

10885513_10204667092590669_4176727735066780353_nA menudo experimento la sensación de estar suspendida en el vacío, dejándome caer, unas veces acompañando al viento y otras enfrentándome a él. Hoy he decidido subir a la rama más alta, me gusta observar el mundo desde allí; algo verdaderamente hermoso que me hace sentir insignificante. Sin embargo, la lluvia ha llegado para estropear este mágico momento. ¿Por qué a algunas personas les gusta la lluvia? Nunca lo entenderé, cada vez que llueve tengo que salir corriendo, huir para resguardarme de este horrible sentimiento de ahogo, pues puedo notar cada gota chocando contra mi frágil cuerpo. Huyo lo más rápido que puedo hasta visualizar una casa, y entro en el porche sin que me vean. Por fin a salvo, o no… En el porche una familia habla a voces, puedo contar hasta 8 adultos y dos niños. Los adultos no dejan de hablar de dinero, fútbol, trabajo, política… de problemas, en definitiva, como si se tratara de una competición acerca de quién está peor. Los niños, no más silenciosos, pelean por un juguete a pesar de que tienen 10 más para elegir. Ahora recuerdo por qué me mantengo alejada de las personas, tan absortas en sus problemas y preocupaciones que no se han percatado de mi presencia, tan absortas en la vida de una famosa que se ha acostado con no se qué torero (para mí asesino de toros) que ni siquiera han caído en que su perro está aburrido, dando vueltas alrededor de la mesa con una pelota en la boca, esperando a que alguien se la lance. Se la lanzaría yo misma, pero no me encuentro con fuerzas para hacerlo.

Llevo ya una hora y, mientras yo no dejo de pensar en volar, ellos aún siguen hablando de aquel torero. No lo entiendo, pero ahora eso ya no importa, el sol está saliendo y la lluvia ya es pasado. Me preparo para salir igual que entré, con sigilo, pasando cerca del perro que me sigue correteando, creo que aprovechando la ocasión para jugar. Doy un par de vueltas a la casa con él detrás antes de volver a la rama.

De camino, los rayos de sol indicen en mí. Me encanta mirarme y ver la explosión de colores en mis alas. Me encanta ser una mariposa.