Relatos cortos

Vivir observando cada piedra del camino

Se encontraba en medio de un bosque con las manos atadas a una cuerda. Había un tráfico constante de personas, todas tomaban el mismo sendero y él perdía saliva en cada uno de los transeúntes suplicando que le soltaran.

Habrían pasado cientos, quizá miles hasta que un anciano se detuvo.

- ¿Qué quieres?
– Desátame, por favor.
– ¿Para qué?
– Es obvio, quiero ir donde va todo el mundo.
– ¿Y qué hay ahí?
– No lo sé.
– ¿Y por qué quieres ir?
– Porque todo el mundo coge ese camino.
– Vaya argumento más estúpido.
– ¿Por qué?
– Hay 4 caminos y tú decides coger uno que no sabes dónde va, ni si te gustará sólo porque es donde van todas las personas que pasan por aquí.
– Creo que es lo más lógico. No puede ser malo si todo el mundo va en esa dirección.
– Siguiendo tu razonamiento puede que en un principio alguien decidiera andar en esa dirección sin conocer el camino. Quien venía detrás pensó que si el primero lo hacía significaba que era el camino correcto, y mucho tiempo después aquí estás tú.
– Puede, pero ¿vas a soltarme o qué?
– Si te hubieses parado un momento a observar lo que te rodea te habrías dado cuenta de que la cuerda no está atada a ningún sitio, por lo tanto lo único que te retiene aquí eres tú mismo.

El joven miró hacia atrás y comprobó que el anciano tenía razón, la cuerda estaba suelta.

- Espero que encuentres lo que buscas allí donde va todo el mundo, si es que buscas algo. En cualquier caso si subes a ese árbol podrás ver dónde te lleva cada sendero.

Dicho esto el anciano tomó un camino diferente a los demás, mientras nuestro amigo subía al árbol.

- ¡Eh, abuelo! Todos los caminos van a parar al mismo sitio- chilló desde lo alto del árbol.
- Ya lo sé.
- Si tan listo eres ¿por qué has elegido entonces el más largo?
- Porque es el más bonito, y no tengo prisa por llegar.

Aunque lo parezca, no existen dos gotas iguales

Esa era mi parada, tenía que bajarme del autobús pero mi cabeza no mandó la señal a mis piernas para que estas se movieran. Por alguna razón quería quedarme allí dentro, lejos de todo aquello que pudiese herirme. Cuando el autobús volvió a ponerse en marcha algo inundó todo mi cuerpo, al principio lo interpreté como una agradable sensación de alivio, pero enseguida reconocí ese sentimiento que tenía olvidado. Se trataba de una pizca de felicidad en forma de escalofrío.

Las gotas de la lluvia golpeaban contra la ventana y algunas se quedaban adheridas al cristal, parecía que querían entrar a refugiarse conmigo. Yo las miraba una a una hasta que alguna empezaba a avanzar, casi como si estuviese decidida a cruzarse con otra; y así era, al final se encontraban, uniéndose y convirtiéndose en una sola. ¿Pero cuánto duraba eso? En algún momento volverían a evaporarse, y las nuevas gotas que se formasen ya no serían iguales a las anteriores. Era raro, de pronto entendí que yo también me había evaporado. Ya no quedaba mucho de lo que algún día fui, por eso no había querido bajarme, por eso sigo buscando una nueva parada.

Sentir a través de la música

Acariciaba las teclas del piano de un lado a otro, supongo que intentando decidir qué nota sería la primera afortunada. A veces su mano se detenía, y cuando creía que por fín una cuerda iba a vibrar la indecisión volvía. Pensé que me marcharía de allí con un amargo sabor a capuccino en los labios y la duda de si esa chica sabía en realidad tocar el instrumento. Bebía a pequeños sorbos el café excusándome en que la taza seguía conteniendo líquido para quedarme, sin dejar de observarla. Entonces lo vi, vi la tristeza en forma de lágrima deslizándose por su mejilla a la vez que el piano empezaba a sonar. Os juro que podía sentirlo. Era como si cada nota fuese una punzada en su corazón y (ya puestos) en el mío también que, aún no sé cómo, lograba entenderla. Ya de por sí la melodía era bonita, pero la forma en que ella la expresaba era única. Eché un vistazo al lugar y al parecer nadie más se había percatado de la magia que ahora nos envolvía, simplemente todos permanecían inmersos en sus conversaciones como si el mundo siguiese siendo igual que hacía unos minutos. El poco café que me quedaba se estaba enfriando, pero me daba igual, solo quería escuchar. Poco a poco dejé de sentir dolor; ahora era más un sentimiento de alivio, de calma. La tristeza iba desapareciendo a la vez que la canción tomaba otro tono, uno que te evadía de cualquier problema y te empuja a imaginar. Fue entonces cuando me di cuenta de que me había enamorado de ella. De la chica no, de la música.
De la chica me enamoré 2 meses y 17 citas después de que consiguiera su número esa misma tarde.

Cuando se trata de sexo, nos olvidamos hasta de los libros

Cuando empecé a escribir y mi madre se enteró me aconsejó que escribiese novelas eróticas, me dijo algo así como “eso vende”, y que sería una manera de poder ganarme la vida como escritora. Lo curioso es que lo decía de verdad, y yo lo archivé como una posibilidad, pero nunca me ha dado por escribir nada de ese género. Hoy, haciendo caso a mi madre, y también a petición de una persona, voy a averiguar qué tal se me da escribir relatos eróticos. Espero que no quede muy obsceno, aunque supongo que es de lo que se trata. Si alguien me pregunta, negaré que me haya basado en mi propia experiencia.

Había recorrido ya treinta minutos en tren cuando recibí un mensaje de mi amiga, al parecer le había surgido un imprevisto en el último momento y no podía quedar, sin embargo, yo no iba a desperdiciar esa preciosa tarde primaveral así que aproveché para ojear los nuevos títulos de la librería del centro en busca de algún libro que me ayudara a llenar un poco el vacío que sentía en ese momento o al menos me mantuviese entretenida las próximas semanas. Ya estaba haciendo cola en la caja con mi ejemplar de “Un paseo por el bosque” de Bill Bryson cuando un chico se acercó y me saludó; era un viejo compañero del instituto. Hablamos un poco sobre nuestra vida, nuestros trabajos, lo mucho que habíamos cambiado y finalmente nos intercambiamos los números para seguir en contacto.

De camino al metro pensé bastante en Rubén, así se llamaba el chico, sobre todo en lo atractivo que le había encontrado después de estos años, pero al ver su foto de Whatsapp (junto con otra chica) deduje que él no estaría pensando lo mismo de mí. Decidí olvidar lo ocurrido y leer un poco antes de dormir para evitar recordar lo estúpida que había sido al creer que me había pedido el número con alguna otra intención. Para mi sorpresa, al día siguiente Rubén me habló y yo, lejos de comportarme de manera racional, me dejé llevar por la chica de diecisiete años que aún parece vivir dentro de mí. Así pasamos varios días, hablando casi siempre antes de irnos a dormir, nada especial, pero lo suficiente para mantenerme entretenida. Hasta que un día la conversación empezó a tomar otra dirección y no sé cómo acabó describiéndome cómo me daría un masaje completamente desnuda con aceite dejando el final a mi elección. Yo preferí no dar detalles, a pesar de que no soy nada recatada, para hacerle sufrir un poco y no desvelar todo desde el principio. Dos días después me encontraba tomando algo con él en un bar.

La conversación fluía, estaba realmente cómoda y relajada. Créeme, me sentía bien hablando con él, pero no podía dejar de pensar en ese masaje y en sus manos recorriendo cada parte de mi cuerpo. Quería que me hablase, o más bien que me susurrase cosas en el oído, pero no sobre su viaje a Italia, sino sobre lo que quería hacerme. Empecé a pensar de nuevo en la chica de la foto, en si se trataba simplemente de un juego y si sólo éramos dos viejos amigos tomando algo. Mis dudas se despejaron cuando tras tres cervezas pagamos la cuenta y él insistió en llevarme a casa, pero antes teníamos que subir a su piso a por las llaves del coche. Estaba cachonda incluso antes de entrar en el ascensor, justo cuando me dijo lo guapa que estaba y lo bien que se lo estaba pasando. Casi como si lo tuviese planeado, lo primero que hizo fue sacar otras dos cervezas del frigorífico con la excusa de que nos tomásemos una más antes de acercarme a casa y por supuesto accedí, pero antes fui al baño. Me miré al espejo y comprobé que el escote mostraba justo lo que quería que mostrase, pero también vi dos cepillos de dientes en el vasito del lavabo y una plancha del pelo, por lo que pude deducir que, si bien la chica de la foto no vivía con él, pasaba mucho tiempo en esa casa. Sentí un poco de pena por ella, pero a la vez mucha excitación, pues yo no debía cuentas a nadie y me sentía casi como una diosa provocando a ese pobre mortal a elegir un camino prohibido, me sentía con demasiadas ganas de hacerle todo lo que la desconocida del cepillo de dientes no era capaz de hacerle, de darle todo lo que me pidiese y de que él hiciera lo mismo por mí. Con todo esto en mi cabeza salí del baño, pegué un gran trago a la cerveza y sonreí. Él me devolvió la sonrisa y en seguida le encontré besándome. No tardó mucho en pasar su mano de mi cintura a mis muslos, los acariciaba lentamente, desde la rodilla hasta casi la pelvis, apretando al final, como si quisiera quedarse ahí arriba. También me acariciaba los senos, primero por encima de la ropa hasta que finalmente optó por sacarlos fuera para sentirlos bien y comenzar a lamerlos, pegando pequeños mordiscos en el pezón que me hacían gemir y enloquecer. Mientras me chupaba las tetas su mano seguía jugando con mis muslos y conmigo, que estaba deseando que subiera más hasta llegar a mi tanga. Si quería que enloqueciera lo consiguió, me encontraba desesperada por sentir su mano en mi sexo, y cuando por fin llegó me agarré a él y empecé a besarle perdiéndome en su lengua. No tardé mucho en acariciarle la polla, que ya estaba como una piedra antes de que mis manos llegasen, lo que me subió el ego ya que había sido yo la que había provocado esa enorme erección. Mi yo interno estaba suplicando que se deshiciera de mi tanga, pero no quería decírselo, prefería que las cosas se desarrollaran con calma, disfrutando cada segundo. Casi como si me leyese la mente, mientras yo seguía masturbándole, deslizó su pulgar dentro del tanga llegando a introducirlo dentro de mí. Obviamente mi movimiento de muñeca dejó de ser tan constante debido a mi falta de concentración, él sabía perfectamente por mi cara y mis ruidos que me estaba encantando, no dejaba de mirarme con una sonrisa pícara y en mi cabeza no dejaba de rondar la imagen de la chica y la idea de que estábamos haciendo algo éticamente incorrecto, sin embargo, curiosamente eso me hacía desearle aún más.

Seguimos así un rato más, masturbándonos mutuamente y besándonos sin parar. Yo estaba completamente lubricada, y él ya no se conformaba con introducirme únicamente el pulgar, así que siguió primero con dos y después con tres dedos. Yo lamía mi mano para lubricar su miembro y a él parecía encantarle porque me pedía más. En unos de mis lametazos debí darle envidia porque me tumbó, abrió mis piernas y colocó su cabeza entre ellas. Me lamía el clítoris y a la vez hundía sus dedos dentro de mí. Mis piernas le rodearon y mis tobillos se agarraron a su cuello para impedir que escapara. El placer era casi insoportable, no dejaba de chillar y él intentaba silenciarme con su mano aunque sin éxito. Empecé a pedirle que entrase dentro de mí, que me follase de una vez, pero él me ignoró, quería que acabase y así lo hice, un minuto más tarde estaba temblando casi sin aliento, fue entonces cuando sin dejarme reaccionar él se puso encima mía y me penetró. Entraba y salía una y otra vez y mis brazos no dejaban de rodearle y apretarle, descargando todo ese placer. No parábamos de besarnos y él seguía jugando con mis pechos y restregando su lengua en ellos. Cuando creía que no podía estar mejor paró, se incorporó y como si nada me puso a cuatro patas y siguió jugando conmigo. Hay muchas mujeres que consideran esa postura como un signo de dominación o machismo, a mí en cambio me encanta, me fascinaba sentir sus manos en mi cadera, que me azotara en el culo mientras me follaba, que agarrase mi pelo para atraerme hacia él y besarme el cuello y la boca. Estando en esa misma postura colocó su mano en mi coño y empezó a masturbarme a la vez que seguía penetrándome cada vez con más fuerza. Su polla no era de un tamaño espectacular, pero estaba increíblemente dura y sabía cómo moverla y cómo hacerme gemir. No recuerdo cuánto tiempo más continuó destrozándome, porque cuando se trata de sexo me traslado a una realidad paralela donde pierdo la noción del tiempo, pero al final consiguió que acabara de nuevo. Chillé como si quisiera quedarme sin voz y él me abrazó. Me acariciaba delicadamente como si al tener un orgasmo me encontrase más hermosa y sensual, pero yo le apartaba una y otra vez porque un simple roce en mi cuerpo me hacía estremecer de nuevo. Se tumbó a mi lado y me susurró “creo que ya has tenido suficiente” mientras me miraba esbozando una sonrisa. Me incorporé, esta vez sería yo quien cogiese las riendas. Comencé a practicarle sexo oral y a juzgar por cómo me agarraba la cabeza diría que lo estaba disfrutando de verdad. Estuve bastante tiempo comiéndosela, ya que es algo que no solo no me importa, sino que me gusta y con lo que disfruto. No dejaba de mirarle mientras le lamía también los huevos. De vez en cuando me acercaba a besarle y luego seguía chupando con más saliva. De repente me dijo “para, voy a correrme” y entonces continué aún con más ganas, por lo que él interpretó que no me importaba que eyaculase en mi boca y estaba en lo cierto, quería probar todo de él. Parece que la idea de hacerlo le encantó pues tardó sólo un par de segundos en llenarme la boca y la cara de leche.

Nos dimos una ducha y después seguimos hablando un poco más antes de irnos a dormir. Me lo pasé muy bien, había sido un gran polvo, lo recuerdo como uno de los mejores (quizá también influyó el hecho de que llevaba ya siete meses sin mantener relaciones, y mi última experiencia había sido desastrosa). Me tumbé de espaldas a él, porque siempre duermo hacia ese lado, y entonces Rubén me empezó a acariciar la espalda y a besar el hombro. No sé en qué estaba pensando cuando le pregunté por la chica, a lo que Rubén me respondió que se trataba de alguien con quién llevaba viéndose unos meses, pero nada serio. Yo sabía perfectamente que algo no serio no tendría un cepillo de dientes en su baño, pero supongo que intentaba engañarse (o engañarme) para poder justificar lo que acababa de pasar. Rubén me abrazó y me dijo “gracias por esta noche”. En su voz pude sentir su sinceridad, de verdad agradecía tenerme a su lado. Parece ser que tener pareja no te convierte en alguien más feliz. Le agarré la mano fuerte, éramos dos almas rotas buscando la manera de sobrevivir. Poco a poco fui quedándome dormida pensando, no en su novia o en la posibilidad de que Rubén la dejase por mí (no soy tan inocente), sino en lo que acabábamos de hacer y en la posibilidad de repetirlo al despertar o (por qué no) otro día, quizá explorando un nuevo orificio.

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Agradecí su abrazo. Sé que no había amor, pero sí una conexión, una empatía que llevaba tiempo sin sentir. Justo antes de empezar a soñar pensé en el libro, llevaba desde el día que me lo compré sin leerlo.

El sufrimiento no entiende de edades

Recuerdo perfectamente cada detalle de ese día. No dejaba de llover y yo corría, pero no por la lluvia. Corría porque huía de algo, huía de un dolor que no había sentido antes y que comenzó a brotar de mis ojos en forma líquida. Mis lágrimas se mezclaban con las gotas de la lluvia en mi rostro mientas cruzaba el parque, al principio evitando los charcos, después pisando cada uno de ellos dejándome llevar por la tristeza y el abatimiento.

Entré en casa encontrándome de lleno con mi madre que comenzó a gritarme furiosa por lo embarrada que llegaba. Evidentemente yo no estaba para sermones, así que en un descuido me escurrí para acabar encerrándome en el baño. Mi madre, tan buena como era y como sigue siendo, me siguió y me pidió amablemente y con toda la dulzura del mundo que abriese la puerta.

-María, por favor. No es el fin del mundo.

-Sí mamá, tú no lo entiendes, pero no habrá otro igual. Era especial, y ahora… ahora está todo roto, no tiene arreglo.

-Ya lo sé, cariño. Lo creas o no a todos nos ha pasado cuando éramos más pequeños, pero la vida sigue y claro que habrá otro más especial, al que querrás más y con el que te divertirás el doble.

-¿Me lo prometes?

No sé cómo, pero las madres tienen la capacidad de hacerte creer cualquier cosa y proporcionarte una enorme paz interior. Sólo necesitaba que de su boca salieran las palabras adecuadas para que mi mundo dejase de ser tan gris y se volviese del color azul intenso que tenía casi todos los días.

-Te lo prometo. Todo va a ir bien.

Salí del baño, secándome las últimas lágrimas y con los ojos aún rojos de la llorera. Abracé a mi madre y pude sentir todo su amor arropándome.

-Esta tarde iremos a la tienda y podrás elegir el juguete que quieras. – me dijo.

- ¡¿El que yo quiera?! – el peor día de mi vida hasta entonces de pronto se tornó como el mejor de todos.

Esa mañana mi revoltoso compañero de clase, Luis, había destrozado mi precioso conejo de peluche, y no había podido evitar cogerme un enorme berrinche de camino a casa. Sin embargo, el abrazo de mi madre, la promesa de que todo iría bien, el futuro nuevo juguete y los macarrones con tomate y carne picada que tenía para comer me hicieron olvidar la tristeza que tanta desolación me había causado unas horas antes.

Es bonito hacerse mayor, pero la inocencia de aquella niña ya no está.

Ese tren a casa

Sonia sacó el libro de su bolso. Antes de que se cerraran las puertas del tren su compañero de trabajo, Luis, entró y ocupó el asiento contiguo.

-¿Qué lees?
-Nada – dijo Sonia mientras guardaba el libro.
-Qué misteriosa.
-Quizá sea la persona menos misteriosa que conoces.
-¿Por qué?
-Bueno, cada día hago prácticamente lo mismo. Tengo un itinerario que sigo a raja tabla.
-Podrías probar a relajarte un poco.
-No, creo que es mejor así, no hay manera de sentirse perdido si se sigue un guión.
-Da igual tu itinerario, tus ojos están llenos de misterio.

Permanecieron varias paradas en silencio hasta que los labios de Luis se movieron.

-No me encuentro muy bien, necesito bajar. – y se levantó de su asiento – Llevo todo el día mareado.
-¿Necesitas qué te acompañe?
-Si no es mucha molestia.
-No me sentiría muy bien dejándote tirado aquí.

Se quedaron a ver como el tren se iba haciendo cada vez más pequeño hasta desaparecer y luego decidieron salir a que a Luis le diese el aire.

Una vez en la calle, Luis tomó la iniciativa y Sonia sólo se limitaba a seguirle. Al cabo de diez minutos Luis se desvió y se dispuso a atravesar un camino oscuro y cubierto de árboles.

-¿Dónde vas? Luis, vuelve aquí. ¡Para!
-Ven conmigo
-Pero…
-Tranquila, conozco esto.

Cinco minutos más tarde llegaron a una gran planicie rodeada de nada, o de todo, en realidad, porque al mirar al cielo Sonia comprobó que se podían ver todas las estrellas que existían o que habían existido en algún momento desde el principio del universo, o así lo sintió ella.

-En realidad no me encuentro mal, pero sabía que era la única manera de hacerte bajar del tren y traerte hasta aquí.
-Eres un mentiroso y un idiota, no sé si más de lo uno o de lo otro.
-Lo siento.
-Eso espero, por tu tontería ahora llegaré a casa una hora más tarde. También podrías habérmelo preguntado y no mentirme como un niño. No entiendo tu comportamiento.
-Dios, ni siquiera recuerdas que ya lo hice.
-¿El qué?
-Pedirte que me acompañaras hasta aquí. Más de una vez, pero siempre había algo más importarte, alguna excusa…
-¡No son excusas! Es que tengo cosas que hacer…
-¿Y de verdad crees que esas cosas son mejores que estar aquí conmigo?
-Pues supongo. No lo sé.
-¿Confías en mí? Sé que es difícil después de haberte mentido, pero olvida eso y contesta.
-Sí, confío.
-Yo puedo hacer que seas feliz cada día.
-Eso es impos…
-No sigas. En mi cabeza es posible.

Sonia permanecía mirando al suelo. Luis la miraba con una enorme sonrisa mientras se acercaba a ella poco a poco, de pronto su sonrisa dio paso a un beso.

-Deberíamos irnos para no perder el próximo tren – dijo Sonia separándose.
-Sí, quizá deberíamos irnos – Luis ya no sonreía.

El tren estaba a punto de llegar y ellos no habían hablado desde el beso.

-Siento lo de antes. Bueno, siento haberte mentido y haberte besado. Ha sido un error, creí que era mutuo. Todo estaba tan claro en mi cabeza…
-Y me ha gustado.
-¿Entonces? No lo entiendo.
-Sabía que si me quedaba y volvías a besarme estaría perdida para siempre, y ya te he dicho que todo es más fácil cuando caminas en línea recta, tengo miedo de salirme, perderme y no saber volver.

Luis sonrió.

-No te preocupes, si te pierdes será conmigo. Te ayudaré a volver al camino siempre que lo necesites, y si no lo encontramos no tienes que tener miedo, no vas a estar sola – y la besó de nuevo

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Siempre me he descrito como una persona que sueña despierta

Miré a mi alrededor y todo lo que podía ver era de un color verde intenso. La luz del sol caía indicándome que estaba atardeciendo. De fondo oí el agua bajar, seguramente habría un riachuelo cerca. Me orienté, a pesar de mi falta de agudeza auditiva, hasta dar con el riachuelo. Me acerqué todo lo que pude sentándome en la orilla. Hundí mi mano en el agua, acostumbrándome al frío primero y jugando después, haciendo formas con mis dedos. No había señal de que hubiese otro ser humano cerca, y sin embargo no me sentía sola en absoluto. Con el sonido de los pájaros, el roce de las ramas causado por la pequeña brisa y los últimos rayos de sol me tumbé de nuevo en la hierba y respiré profundamente llenando mis pulmones con aquella paz inmensa. Mi mano aún permanecía mojada, eso me hizo sonreír.
De pronto desperté. Durante unos segundos permanecí desorientada, hasta que me situé. Estaba en el mismo prado con el que acababa de soñar. Una pequeña parte de mí entristeció, pues en ese mismo momento me di cuenta de que hay personas que no recuerdan lo que sueñan, y solo unos pocos vivimos soñando.

Convivir con el frío

Tengo que compartir una presentación de diapositivas en uno de los post para un trabajo del máster así que, con el fin de evitar que parezca una publicación forzada, he buscado una presentación sobre algo que pudiese inspirarme a escribir una pequeña historia y al final he encontrado esta que muestra varias fotografías sobre el frío aunque hermoso invierno.

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Recuerdo mirar por la ventana y ver el jardín cubierto de nieve, refugiándome en cada copo para alejarme de la discusión de mis padres. Solían discutir muy a menudo, pero aquella noche fue diferente. No es que mi padre hubiese olvidado sacar la basura o llevarme al dentista, ni tampoco es que mi madre hubiese tardado dos horas en arreglarse provocando que llegaran tarde a alguna cita; esto era más serio. Por lo que pude escuchar, mi padre había estado pasando más tiempo del adecuado con otra señora que no era mi madre, aunque la cuestión no era que pasase más tiempo con ella, sino lo que hacía en ese tiempo. Sí, al parecer se acostaban juntos, aunque yo tenía nueve años y en mi cabeza se concebía más como el simple acto de dormir, con abrazos y caricias. Puede que mis padres pensasen que yo sólo era una niña, que no sería consciente de sus gritos y sus reproches, parada junto a la ventana con la mirada perdida entre el blanco del paisaje, y por eso me dejaron escuchar y ser partícipe (aunque pasivamente) de ese teatro. Y digo teatro porque eso lo que realmente parecía era una mala interpretación, llena de engaños, buscando que resultara creíble para el espectador (o sea yo) cuando tuvieron que explicar lo que estaba pasando. Recuerdo entrar en la cocina al día siguiente y encontrarme a mi madre sonriendo, preparando café para mi padre. Sé que se besaron, el beso más triste que he visto nunca, y tras ese beso me dije a mí misma que nunca me permitiría ser así de infeliz.

Mientras todos estos recuerdos vienen a mi mente estoy esperando a que mi marido regrese a casa, sabiendo de sobra que no está tomándose algo con su amigo Pablo (quien ha subido una foto pasando el fin de semana en la sierra al Facebook). Y me río, porque mi marido ya ni se molesta en maquillarse antes de salir a escena, porque yo sigo siendo la espectadora pasiva que finge creerse la obra. Ardo por dentro, derritiendo la fría nieve, y saco fuerzas para acabar con tanto dolor, pero cuando él entra por la puerta corro a abrazarle, imaginándome a mi madre sintiendo miedo de dejarlo todo, de afrontar la vida sola. Me siento infelizmente cobarde, cada día.

Pobre niña de nueve años ¿qué pensaría si me viese ahora? 

Volver al principio

Voy a empezar disculpándome. Me disculpo porque quizá has entrado en este post esperando encontrarte una emotiva despedida de año, pero no. No quiero caer en convencionalismos, ni a nombrar una por una las personas que han sido especiales durante los últimos 365 días, ya que no porque el 2014 se acabe ese sentimiento va a desaparecer. Todo lo que haya vivido este año son experiencias, emociones, errores, lecciones, amistades y despedidas que se adhieren a todo lo que ya ocupaba lugar en mi cabeza en forma de recuerdos que se acumularán hasta el final, cuando ya no quede nada.

Tampoco esperes que te desee un nuevo año lleno de felicidad, amor, salud, dinero, amistad. Sólo te desearé valor, valor para que empieces a hacer todo aquello que siempre dices que harás, para que dejes de buscar excusas y te decidas a llevar la vida que de verdad quieres (he de decir que yo también necesito desearme a mí misma un poquito de ese valor), pues eso es lo que realmente te hará feliz.

De hecho, lo que me apetece es regalarte un poco de mi imaginación…

10885513_10204667092590669_4176727735066780353_nA menudo experimento la sensación de estar suspendida en el vacío, dejándome caer, unas veces acompañando al viento y otras enfrentándome a él. Hoy he decidido subir a la rama más alta, me gusta observar el mundo desde allí; algo verdaderamente hermoso que me hace sentir insignificante. Sin embargo, la lluvia ha llegado para estropear este mágico momento. ¿Por qué a algunas personas les gusta la lluvia? Nunca lo entenderé, cada vez que llueve tengo que salir corriendo, huir para resguardarme de este horrible sentimiento de ahogo, pues puedo notar cada gota chocando contra mi frágil cuerpo. Huyo lo más rápido que puedo hasta visualizar una casa, y entro en el porche sin que me vean. Por fin a salvo, o no… En el porche una familia habla a voces, puedo contar hasta 8 adultos y dos niños. Los adultos no dejan de hablar de dinero, fútbol, trabajo, política… de problemas, en definitiva, como si se tratara de una competición acerca de quién está peor. Los niños, no más silenciosos, pelean por un juguete a pesar de que tienen 10 más para elegir. Ahora recuerdo por qué me mantengo alejada de las personas, tan absortas en sus problemas y preocupaciones que no se han percatado de mi presencia, tan absortas en la vida de una famosa que se ha acostado con no se qué torero (para mí asesino de toros) que ni siquiera han caído en que su perro está aburrido, dando vueltas alrededor de la mesa con una pelota en la boca, esperando a que alguien se la lance. Se la lanzaría yo misma, pero no me encuentro con fuerzas para hacerlo.

Llevo ya una hora y, mientras yo no dejo de pensar en volar, ellos aún siguen hablando de aquel torero. No lo entiendo, pero ahora eso ya no importa, el sol está saliendo y la lluvia ya es pasado. Me preparo para salir igual que entré, con sigilo, pasando cerca del perro que me sigue correteando, creo que aprovechando la ocasión para jugar. Doy un par de vueltas a la casa con él detrás antes de volver a la rama.

De camino, los rayos de sol indicen en mí. Me encanta mirarme y ver la explosión de colores en mis alas. Me encanta ser una mariposa.