Cuando se trata de sexo, nos olvidamos hasta de los libros

Cuando empecé a escribir y mi madre se enteró me aconsejó que escribiese novelas eróticas, me dijo algo así como “eso vende”, y que sería una manera de poder ganarme la vida como escritora. Lo curioso es que lo decía de verdad, y yo lo archivé como una posibilidad, pero nunca me ha dado por escribir nada de ese género. Hoy, haciendo caso a mi madre, y también a petición de una persona, voy a averiguar qué tal se me da escribir relatos eróticos. Espero que no quede muy obsceno, aunque supongo que es de lo que se trata. Si alguien me pregunta, negaré que me haya basado en mi propia experiencia.

Había recorrido ya treinta minutos en tren cuando recibí un mensaje de mi amiga, al parecer le había surgido un imprevisto en el último momento y no podía quedar, sin embargo, yo no iba a desperdiciar esa preciosa tarde primaveral así que aproveché para ojear los nuevos títulos de la librería del centro en busca de algún libro que me ayudara a llenar un poco el vacío que sentía en ese momento o al menos me mantuviese entretenida las próximas semanas. Ya estaba haciendo cola en la caja con mi ejemplar de “Un paseo por el bosque” de Bill Bryson cuando un chico se acercó y me saludó; era un viejo compañero del instituto. Hablamos un poco sobre nuestra vida, nuestros trabajos, lo mucho que habíamos cambiado y finalmente nos intercambiamos los números para seguir en contacto.

De camino al metro pensé bastante en Rubén, así se llamaba el chico, sobre todo en lo atractivo que le había encontrado después de estos años, pero al ver su foto de Whatsapp (junto con otra chica) deduje que él no estaría pensando lo mismo de mí. Decidí olvidar lo ocurrido y leer un poco antes de dormir para evitar recordar lo estúpida que había sido al creer que me había pedido el número con alguna otra intención. Para mi sorpresa, al día siguiente Rubén me habló y yo, lejos de comportarme de manera racional, me dejé llevar por la chica de diecisiete años que aún parece vivir dentro de mí. Así pasamos varios días, hablando casi siempre antes de irnos a dormir, nada especial, pero lo suficiente para mantenerme entretenida. Hasta que un día la conversación empezó a tomar otra dirección y no sé cómo acabó describiéndome cómo me daría un masaje completamente desnuda con aceite dejando el final a mi elección. Yo preferí no dar detalles, a pesar de que no soy nada recatada, para hacerle sufrir un poco y no desvelar todo desde el principio. Dos días después me encontraba tomando algo con él en un bar.

La conversación fluía, estaba realmente cómoda y relajada. Créeme, me sentía bien hablando con él, pero no podía dejar de pensar en ese masaje y en sus manos recorriendo cada parte de mi cuerpo. Quería que me hablase, o más bien que me susurrase cosas en el oído, pero no sobre su viaje a Italia, sino sobre lo que quería hacerme. Empecé a pensar de nuevo en la chica de la foto, en si se trataba simplemente de un juego y si sólo éramos dos viejos amigos tomando algo. Mis dudas se despejaron cuando tras tres cervezas pagamos la cuenta y él insistió en llevarme a casa, pero antes teníamos que subir a su piso a por las llaves del coche. Estaba cachonda incluso antes de entrar en el ascensor, justo cuando me dijo lo guapa que estaba y lo bien que se lo estaba pasando. Casi como si lo tuviese planeado, lo primero que hizo fue sacar otras dos cervezas del frigorífico con la excusa de que nos tomásemos una más antes de acercarme a casa y por supuesto accedí, pero antes fui al baño. Me miré al espejo y comprobé que el escote mostraba justo lo que quería que mostrase, pero también vi dos cepillos de dientes en el vasito del lavabo y una plancha del pelo, por lo que pude deducir que, si bien la chica de la foto no vivía con él, pasaba mucho tiempo en esa casa. Sentí un poco de pena por ella, pero a la vez mucha excitación, pues yo no debía cuentas a nadie y me sentía casi como una diosa provocando a ese pobre mortal a elegir un camino prohibido, me sentía con demasiadas ganas de hacerle todo lo que la desconocida del cepillo de dientes no era capaz de hacerle, de darle todo lo que me pidiese y de que él hiciera lo mismo por mí. Con todo esto en mi cabeza salí del baño, pegué un gran trago a la cerveza y sonreí. Él me devolvió la sonrisa y en seguida le encontré besándome. No tardó mucho en pasar su mano de mi cintura a mis muslos, los acariciaba lentamente, desde la rodilla hasta casi la pelvis, apretando al final, como si quisiera quedarse ahí arriba. También me acariciaba los senos, primero por encima de la ropa hasta que finalmente optó por sacarlos fuera para sentirlos bien y comenzar a lamerlos, pegando pequeños mordiscos en el pezón que me hacían gemir y enloquecer. Mientras me chupaba las tetas su mano seguía jugando con mis muslos y conmigo, que estaba deseando que subiera más hasta llegar a mi tanga. Si quería que enloqueciera lo consiguió, me encontraba desesperada por sentir su mano en mi sexo, y cuando por fin llegó me agarré a él y empecé a besarle perdiéndome en su lengua. No tardé mucho en acariciarle la polla, que ya estaba como una piedra antes de que mis manos llegasen, lo que me subió el ego ya que había sido yo la que había provocado esa enorme erección. Mi yo interno estaba suplicando que se deshiciera de mi tanga, pero no quería decírselo, prefería que las cosas se desarrollaran con calma, disfrutando cada segundo. Casi como si me leyese la mente, mientras yo seguía masturbándole, deslizó su pulgar dentro del tanga llegando a introducirlo dentro de mí. Obviamente mi movimiento de muñeca dejó de ser tan constante debido a mi falta de concentración, él sabía perfectamente por mi cara y mis ruidos que me estaba encantando, no dejaba de mirarme con una sonrisa pícara y en mi cabeza no dejaba de rondar la imagen de la chica y la idea de que estábamos haciendo algo éticamente incorrecto, sin embargo, curiosamente eso me hacía desearle aún más.

Seguimos así un rato más, masturbándonos mutuamente y besándonos sin parar. Yo estaba completamente lubricada, y él ya no se conformaba con introducirme únicamente el pulgar, así que siguió primero con dos y después con tres dedos. Yo lamía mi mano para lubricar su miembro y a él parecía encantarle porque me pedía más. En unos de mis lametazos debí darle envidia porque me tumbó, abrió mis piernas y colocó su cabeza entre ellas. Me lamía el clítoris y a la vez hundía sus dedos dentro de mí. Mis piernas le rodearon y mis tobillos se agarraron a su cuello para impedir que escapara. El placer era casi insoportable, no dejaba de chillar y él intentaba silenciarme con su mano aunque sin éxito. Empecé a pedirle que entrase dentro de mí, que me follase de una vez, pero él me ignoró, quería que acabase y así lo hice, un minuto más tarde estaba temblando casi sin aliento, fue entonces cuando sin dejarme reaccionar él se puso encima mía y me penetró. Entraba y salía una y otra vez y mis brazos no dejaban de rodearle y apretarle, descargando todo ese placer. No parábamos de besarnos y él seguía jugando con mis pechos y restregando su lengua en ellos. Cuando creía que no podía estar mejor paró, se incorporó y como si nada me puso a cuatro patas y siguió jugando conmigo. Hay muchas mujeres que consideran esa postura como un signo de dominación o machismo, a mí en cambio me encanta, me fascinaba sentir sus manos en mi cadera, que me azotara en el culo mientras me follaba, que agarrase mi pelo para atraerme hacia él y besarme el cuello y la boca. Estando en esa misma postura colocó su mano en mi coño y empezó a masturbarme a la vez que seguía penetrándome cada vez con más fuerza. Su polla no era de un tamaño espectacular, pero estaba increíblemente dura y sabía cómo moverla y cómo hacerme gemir. No recuerdo cuánto tiempo más continuó destrozándome, porque cuando se trata de sexo me traslado a una realidad paralela donde pierdo la noción del tiempo, pero al final consiguió que acabara de nuevo. Chillé como si quisiera quedarme sin voz y él me abrazó. Me acariciaba delicadamente como si al tener un orgasmo me encontrase más hermosa y sensual, pero yo le apartaba una y otra vez porque un simple roce en mi cuerpo me hacía estremecer de nuevo. Se tumbó a mi lado y me susurró “creo que ya has tenido suficiente” mientras me miraba esbozando una sonrisa. Me incorporé, esta vez sería yo quien cogiese las riendas. Comencé a practicarle sexo oral y a juzgar por cómo me agarraba la cabeza diría que lo estaba disfrutando de verdad. Estuve bastante tiempo comiéndosela, ya que es algo que no solo no me importa, sino que me gusta y con lo que disfruto. No dejaba de mirarle mientras le lamía también los huevos. De vez en cuando me acercaba a besarle y luego seguía chupando con más saliva. De repente me dijo “para, voy a correrme” y entonces continué aún con más ganas, por lo que él interpretó que no me importaba que eyaculase en mi boca y estaba en lo cierto, quería probar todo de él. Parece que la idea de hacerlo le encantó pues tardó sólo un par de segundos en llenarme la boca y la cara de leche.

Nos dimos una ducha y después seguimos hablando un poco más antes de irnos a dormir. Me lo pasé muy bien, había sido un gran polvo, lo recuerdo como uno de los mejores (quizá también influyó el hecho de que llevaba ya siete meses sin mantener relaciones, y mi última experiencia había sido desastrosa). Me tumbé de espaldas a él, porque siempre duermo hacia ese lado, y entonces Rubén me empezó a acariciar la espalda y a besar el hombro. No sé en qué estaba pensando cuando le pregunté por la chica, a lo que Rubén me respondió que se trataba de alguien con quién llevaba viéndose unos meses, pero nada serio. Yo sabía perfectamente que algo no serio no tendría un cepillo de dientes en su baño, pero supongo que intentaba engañarse (o engañarme) para poder justificar lo que acababa de pasar. Rubén me abrazó y me dijo “gracias por esta noche”. En su voz pude sentir su sinceridad, de verdad agradecía tenerme a su lado. Parece ser que tener pareja no te convierte en alguien más feliz. Le agarré la mano fuerte, éramos dos almas rotas buscando la manera de sobrevivir. Poco a poco fui quedándome dormida pensando, no en su novia o en la posibilidad de que Rubén la dejase por mí (no soy tan inocente), sino en lo que acabábamos de hacer y en la posibilidad de repetirlo al despertar o (por qué no) otro día, quizá explorando un nuevo orificio.

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Agradecí su abrazo. Sé que no había amor, pero sí una conexión, una empatía que llevaba tiempo sin sentir. Justo antes de empezar a soñar pensé en el libro, llevaba desde el día que me lo compré sin leerlo.

Comentarios (2)

  1. Gabriel

    Enhorabuena Maria, Muchísimo mejor que el Grey ese de las sombras, tiene mas estilo y de verdad que se agradece que Rubén sea mas real jeje. Aunque debo decir que empezar con “esa preciosa tarde primaveral” uf… esa frase me mata, aunque es algo muy personal o sea que, nada que decir. BUEN RELATO! escribe mas plissss!!!!
    Gabi.

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    1. Maria Escribano (Publicaciones Autor)

      Muchas gracias Gabriel! Me alegro de que te haya gustado. Tendré en cuenta tu petición para futuras entradas y, quién sabe, quizá vuelva a escribir otro relato erótico ^^

      Responder

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