En una caja de cerillas

Antes de conocerle mi vida entera, mis experiencias, mis emociones, mis miedos, mis opiniones, incluso mis sueños cabían en una caja de cerillas. ¿Que por qué en una caja de cerillas? Bueno, supongo que porque estaba destinada a arder al igual que la pequeña cabeza de una de ellas, y lo único que necesitaba era la chispa que él me dio. Por supuesto él no era un mechero, era simplemente una persona.

Un chico tan común que ni siquiera sabría cómo describirle o destacar algo de su carácter y, sin embargo, su ordinariez era extrañamente especial. No era el chico más gracioso que conozco y aún así mi sonrisa nunca desaparecía cuando estaba con él; no era lo que se consideraría un chico guapo, pero yo no podía dejar de mirarle, tanto que hasta podría acertar en el número de pecas que contienen sus mejillas; y sin ser una persona culta me enseñaba algo nuevo cada día, y cada día mi curiosidad crecía, quedándose pequeño el espacio que antes parecía inmenso en la caja de cerillas.

Me hubiese gustado poder decir que nos conocimos de una manera más bonita o romántica (por ejemplo que mientras yo leía en un parque él se acercó a preguntarme sobre el libro, o iniciando una conversación en un café, en un museo, o en el autobús de vuelta a casa), pero la verdad es que lejos de ser así nuestra primera conversación no fue nada agradable ni bonita de recordar. Ya nos conocíamos de vista antes de hablar por primera vez, era el primo de una amiga mía y ambos habíamos coincidido en alguna que otra fiesta, sin más intercambio que un “hola” y “adiós” de cortesía. Recuerdo que la noche que hablamos yo llevaba un vestido azul claro y me había recogido el pelo porque no había tenido demasiado tiempo para arreglarme, recuerdo mirarle una y otra vez mientras él hacía lo mismo, y pensar en lo horrible que debía verme con el pelo así. Hacia el final de la noche mi amiga Claudia acabó más borracha que de costumbre (que ya es decir), así que él me ayudó a llevarla hasta el taxi y justo antes de montar mi amiga me vomitó en mitad del vestido. 

-Al menos no ha sido en el pelo –  dijo Jorge riendo a carcajadas.

-Ya, supongo que debo estarle agradecida y todo – dije con una leve sonrisa

-Nunca te había visto con el pelo recogido, te sienta bien, estás guapa – me dijo como si nada

Yo no sabía qué decir. Se supone que en este tipo de situaciones debo decir “gracias” y sonreír, pero no fui capaz de emitir ningún sonido.

-Bueno, me están esperando. Espero que lleguéis bien a casa – dijo mientras se marchaba y se despedía con la mano.

Y yo me quedé ahí parada, como una tonta, sin saber qué decir ni qué hacer hasta que la voz del taxista me trajo de nuevo a la vida real. Cuando llegué a casa me miré al espejo y a pesar de la mancha de vómito seca que Claudia había dejado en mi vestido, me sentía bien conmigo misma. Este es el primer recuerdo que tengo cada vez que pienso en Jorge, mi imagen en el espejo con aquel vestido.

Al día siguiente todo parecía igual hasta que recibí un mensaje de Jorge en el móvil. Era extraño ya que en él solo me puso una hora y una dirección para vernos el lunes siguiente y sólo me pedía que le confirmase que acudiría. Al principio dudé, pero supuse que su prima le habría dado mi número de móvil y que no podía tratarse de nada malo, por lo que finalmente accedí. No sé por qué nunca me había sentido así antes, pero deseaba con todas mis fuerzas que las próximas horas pasasen rápido hasta encontrarme con él.

El lunes me desperté antes de que sonase la alarma, y eso que el gran acontecimiento era a las siete de la tarde. Las horas pasaron lentamente hasta las seis, diría incluso que en algún momento el tiempo se paró, pero en el momento que salí de casa sentí que no había vuelta atrás y de pronto los minutos se aceleraron, no podía creer que ya hubiese llegado el momento. Parece una estupidez, pero a mis diecinueve años había tenido pocas citas y mucho menos tan misteriosas como esa. Estaba tan nerviosa que me pasé la calle por la que tenía que girar, ni siquiera sabía si los vaqueros y la sudadera que me había puesto serían adecuados para la ocasión, ni qué tenía pensado Jorge que hiciéramos. En el último momento, justo antes de llegar al punto de encuentro, se me pasó por la cabeza que tal vez se trataba de una quedada con más amigos y me sentí muy estúpida por haber deducido que se trataba de una cita, pero cuando llegué sólo estaba Jorge. Los primeros cinco minutos sentí que me iba a desmayar, pero en seguida Jorge hizo que me sintiese cómoda en su presencia, parecía que nos conociésemos de siempre. Estuvimos quedando varios días seguidos y seguíamos una especia de rutina: caminábamos o nos sentábamos en la terraza de algún bar a charlar, de vez en cuando él tomaba mi mano, hablábamos de cosas muy normales, pero de alguna forma él las hacía especiales y todo lo que decía me resultaba fascinante (el sonido de su voz y de su risa aún sigue resonando en mi cabeza). Al llegar a casa de noche yo llamaba a Claudia para contarle todo, para volver a sentir que volaba mientras ella me decía lo estúpida que era por haber pasado otro día sin besarle, pero a mí me daba igual porque besándole o no era feliz.

Era verdad, me daba igual no besarle durante los primeros días, pero entonces llegó el sábado por la noche y pensé que el domingo (después de una semana viéndonos cada día) sería ya momento para hacerlo, así que me acosté imaginando cómo sería besarle de mil maneras diferentes, cómo sabrían sus labios o si me agarraría de la cintura al hacerlo. Por fin llegó el momento de encontrarme de nuevo con Jorge, me costaba entender cómo alguien podía significar tanto en tan poco tiempo. Esta vez paseamos hasta una plaza donde parecía haber un concurso de pintura porque había un grupo de personas con lienzos y pinturas al óleo. Decidimos sentarnos entonces en un banco cercano a observar los delicados movimientos que cada uno de los artistas hacían con el pincel, y pensé que era el mejor momento para probar a qué sabían sus besos cuando algo me interrumpió. Ese algo fue la propia voz de Jorge diciéndome que al día siguiente se marchaba a vivir a Lauterbrunnen, un pequeño pueblecito de Suiza, y que no sabía cuándo volvería si es que lo hacía. Yo no entendía nada, no entendía por qué había pasado su última semana en España conmigo, ni por qué cogía mi mano. A pesar de mi dolor, no podía reprocharle nada porque él nunca me dijo que eso fuese más que una inocente relación entre amigos. Justo antes de decirnos adiós para siempre abrazó mis lágrimas.

Después de eso pasé casi tres meses pensando en aquella semana, pensando en Jorge y analizando cada detalle en busca de una motivo. Le pedí a su prima su número en Suiza y el correo electrónico, pero tras escribirle diez veces sin obtener una respuesta me dije a mí misma que era suficiente. Pasaba los días como antes de conocerle, hacía las mismas cosas, quedaba con las mismas personas, leía los mismos géneros de novela, escuchaba las mismas canciones, pero algo en mí era diferente. Tardé en darme cuenta de que aquella semana no había tratado sobre Jorge, había tratado sobre mí. Recordé que el lunes, el primer día que quedamos, Jorge me había dicho que me iba a hacer un regalo pero que tardaría unos días en estar listo, sin embargo, ese regalo nunca llegó a dármelo, ¿o sí? Yo no estaba enamorada de Jorge, no estaba enamorada de sus palabras, lo que de verdad amaba eran mis reflexiones aflorando cuando estaba con él, lo que me hacía feliz era descubrir cada día todo el potencial que yo tenía a través de nuestras charlas. El regalo que Jorge me hizo fue la chispa que necesitaba para ser yo, para abrirme al mundo, y es por eso que el primer recuerdo que viene a mi mente cuando pienso en Jorge es mi imagen reflejada en el espejo de mi cuarto con aquel vestido azul claro, porque fue la primera vez que vi dentro de mí, que me reconocí.

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Estaba destinada a arder, a arder hasta morir devorada por mi propio fuego, consumida por lo que soy, y Jorge lo sabía. Me encanta saber que yo soy la protagonista de mi vida, que la manera en la que la llama avance será la que yo decida con la calidad de mi madera y según cómo me mueva con el viento.

Escribo esto mientras escucho la BSO de 500 days of Summer y es que no puedo explicar lo que me transmiten esas canciones, solo sé que nunca podré cansarme de escucharlas.

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