Ese tren a casa

Sonia sacó el libro de su bolso. Antes de que se cerraran las puertas del tren su compañero de trabajo, Luis, entró y ocupó el asiento contiguo.

-¿Qué lees?
-Nada – dijo Sonia mientras guardaba el libro.
-Qué misteriosa.
-Quizá sea la persona menos misteriosa que conoces.
-¿Por qué?
-Bueno, cada día hago prácticamente lo mismo. Tengo un itinerario que sigo a raja tabla.
-Podrías probar a relajarte un poco.
-No, creo que es mejor así, no hay manera de sentirse perdido si se sigue un guión.
-Da igual tu itinerario, tus ojos están llenos de misterio.

Permanecieron varias paradas en silencio hasta que los labios de Luis se movieron.

-No me encuentro muy bien, necesito bajar. – y se levantó de su asiento – Llevo todo el día mareado.
-¿Necesitas qué te acompañe?
-Si no es mucha molestia.
-No me sentiría muy bien dejándote tirado aquí.

Se quedaron a ver como el tren se iba haciendo cada vez más pequeño hasta desaparecer y luego decidieron salir a que a Luis le diese el aire.

Una vez en la calle, Luis tomó la iniciativa y Sonia sólo se limitaba a seguirle. Al cabo de diez minutos Luis se desvió y se dispuso a atravesar un camino oscuro y cubierto de árboles.

-¿Dónde vas? Luis, vuelve aquí. ¡Para!
-Ven conmigo
-Pero…
-Tranquila, conozco esto.

Cinco minutos más tarde llegaron a una gran planicie rodeada de nada, o de todo, en realidad, porque al mirar al cielo Sonia comprobó que se podían ver todas las estrellas que existían o que habían existido en algún momento desde el principio del universo, o así lo sintió ella.

-En realidad no me encuentro mal, pero sabía que era la única manera de hacerte bajar del tren y traerte hasta aquí.
-Eres un mentiroso y un idiota, no sé si más de lo uno o de lo otro.
-Lo siento.
-Eso espero, por tu tontería ahora llegaré a casa una hora más tarde. También podrías habérmelo preguntado y no mentirme como un niño. No entiendo tu comportamiento.
-Dios, ni siquiera recuerdas que ya lo hice.
-¿El qué?
-Pedirte que me acompañaras hasta aquí. Más de una vez, pero siempre había algo más importarte, alguna excusa…
-¡No son excusas! Es que tengo cosas que hacer…
-¿Y de verdad crees que esas cosas son mejores que estar aquí conmigo?
-Pues supongo. No lo sé.
-¿Confías en mí? Sé que es difícil después de haberte mentido, pero olvida eso y contesta.
-Sí, confío.
-Yo puedo hacer que seas feliz cada día.
-Eso es impos…
-No sigas. En mi cabeza es posible.

Sonia permanecía mirando al suelo. Luis la miraba con una enorme sonrisa mientras se acercaba a ella poco a poco, de pronto su sonrisa dio paso a un beso.

-Deberíamos irnos para no perder el próximo tren – dijo Sonia separándose.
-Sí, quizá deberíamos irnos – Luis ya no sonreía.

El tren estaba a punto de llegar y ellos no habían hablado desde el beso.

-Siento lo de antes. Bueno, siento haberte mentido y haberte besado. Ha sido un error, creí que era mutuo. Todo estaba tan claro en mi cabeza…
-Y me ha gustado.
-¿Entonces? No lo entiendo.
-Sabía que si me quedaba y volvías a besarme estaría perdida para siempre, y ya te he dicho que todo es más fácil cuando caminas en línea recta, tengo miedo de salirme, perderme y no saber volver.

Luis sonrió.

-No te preocupes, si te pierdes será conmigo. Te ayudaré a volver al camino siempre que lo necesites, y si no lo encontramos no tienes que tener miedo, no vas a estar sola – y la besó de nuevo

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Comentario (1)

  1. Maria Escribano (Publicaciones Autor)

    Me alegro de que te haya servido lo que escribí. Espero que sigas pasándote por aquí de vez en cuando y quizá alguna que otra vez encuentres algo de tu gusto! Un saludo.

    Responder

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