La maqueta de la felicidad

Aún me cuesta entender la sorpresa que causo en muchas personas cuando les digo que soy feliz. En el caso de personas ajenas a mí su reacción me es indiferente, pero no negaré que tratándose de mis amigos su incredibilidad es cuanto menos preocupante. ¿Estamos socialmente programados para no poder ser felices o para no comprender la felicidad?

Trabajo en la recepción de uno de los mejores hoteles de la ciudad desde hace ya muchos años. Quizá no es el mejor trabajo del mundo, pero el horario y el salario me permiten tener tiempo y dinero para otras muchas cosas, y constantemente me enriquezco con las historias de las personas que llegan y se marchan, sintiéndome testigo de ese pequeño momento de sus vidas. Además, el ocasional mal carácter de mi gerente queda mitigado por la buena relación que tengo con mis compañeros. La única pega que le encuentro es que siempre origina la misma pregunta: y trabajando donde trabajas, ¿no te da rabia ver cada día a personas tan ricas que duermen en habitaciones más grandes que tu propia casa?

Antes asentía, hasta que me di cuenta de que no, de que no sentía ni una pizca de envidia. Así que ahora doy siempre la misma respuesta: la vida que lleven los demás, quiera o no, en nada interfiere con la vida que yo llevo. Cuando uno de esos ricos me deja una propina generosa no pienso en cuánta fortuna poseerá, sino en qué puedo invertir ese dinero; y cuando la propina es pequeña o ni siquiera hay propina pienso que el dinero a veces simplemente sirve para volver más pobres a las personas.

A los 16 años un amigo de mis padres me regaló una de esas maquetas de avión para construirlo por piezas, que yo obviamente dejé abandonada en mi armario hasta que un año después decidí abrirla, ya que no tenía nada mejor con lo que entretenerme un día de lluvia. Desde entonces dedico parte de mi tiempo a ello, me encanta encerrarme en mi estudio y relajarme escuchando a  Ray Charles mientras construyo algo. Me hace feliz, aunque por alguna extraña razón haya gente que no lo entienda. El otro día, por ejemplo, mi amigo Manuel me preguntó si de verdad me había pasado la mañana del domingo montando una maqueta en lugar de hacer otra cosa.  Luego me llamó conformista, y la verdad, si el conformismo es sinónimo de felicidad, sí, soy conformista.

Si me preguntasen cómo sería mi día ideal no sabría qué responder, tengo una larga lista de cosas que me gusta hacer y con las que disfruto, en diferente grado y dependiendo del momento, así que con esa lista puedo hacer una infinita combinación de días ideales. Supongo que la clave para ser feliz es la comprensión y establecer prioridades. Es decir, comprender que hay momentos del día en los que tenemos obligaciones que cumplir y que existen cosas que aunque nos gustaría hacer a diario no es viable; y priorizar las cosas que de verdad quieres hacer frente a las que no. Entiendo entonces que mi amigo Manuel prefiere ver un partido de fútbol antes que construir una maqueta y que eso le hace feliz, puesto que dedicó la mañana del domingo a hacer eso.

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Hay personas que dicen que si se pasaran la vida viajando serían felices, y yo les pregunto: si te quedase un solo día de vida, ¿preferirías viajar a cualquier parte o hacer el amor a tu pareja todo el día, jugar con tus hijos, pasear a tu perro, tomar algo con tus amigos? Si la respuesta es que prefiere viajar quizá tenga que replantearse algunas cosas, pero si la respuesta es cualquiera de las otras, y es algo que hace a diario, esa persona está siendo feliz aunque no sea consciente de ello.

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