Mi último gran amor

Cuando eres pequeño una pregunta que te hacen con mucha frecuencia es “¿qué quieres ser de mayor?”. Supongo que es la manera que encuentran algunos adultos de volver a la infancia, a ese momento en el que puedes ser cualquier cosa y en el que todo es posible. En mi caso, yo quería ser forense o maquinista, y finalmente acabé siento maestra, aunque creo que a lo largo de mi vida he sido un poco de las tres cosas. Enseño matemáticas en un colegio, pero también he diseccionado muchos cadáveres (últimamente demasiados; personas sin ilusión ni pasión, personas que al abrirlas están vacías, personas sin vida, o al menos como yo la percibo), y llegué a estar tan cansada de coger tantos trenes sin rumbo que desde hace unos años el tren lo conduzco yo.

Mientras estudiaba magisterio conocí al primer gran amor de mi vida, Rodrigo. Era demasiado pasivo para mí, pero nunca he conocido a una persona tan dulce y generosa. Aún le recuerdo sentado en la segunda fila de clase, mirando hacia atrás disimuladamente, con su sonrisa tímida. Estuvimos juntos los dos últimos años de universidad, tumbados en el césped de la facultad hiciese frío o calor, intercambiando citas de escritores, letras de canciones y mucha saliva. Le recuerdo sujetándome el paraguas los días de lluvia, apartándome el pelo de la cara con suavidad posándolo detrás de mi oreja justo antes de besarme y llegando a nuestras citas pedaleando en su bicicleta roja. Le quise mucho y, sin embargo, al terminar la carrera él cogió un tren de vuelta a su tierra mientras mi corazón miraba hacia otro lado. Lloré durante unas semanas y le eché de menos unos cuantos meses, pero al final sólo ha quedado de él una nostálgica sonrisa en mi cara al ver las dobleces en las páginas que más le gustaban de los libros que una vez le presté.

No había pasado un año cuando conocí al segundo gran amor de mi vida, otro Rodrigo, a través de una amiga que teníamos en común, y sólo tardé una semana en ver que el nombre era lo único en lo que coincidía con el anterior, pues este Rodrigo estaba lleno de energía y de espontaneidad. Fue una relación muy intensa donde la mitad del tiempo nos la pasábamos riendo y la otra discutiendo o enfadados. Digo intensa porque en los siete meses que duró aquella historia me enamoré más y experimenté cosas que hasta entonces no había experimentado y que introdujeron en mí un concepto equivocado del amor. A pesar de que de vez en cuando dejábamos de hablarnos a causa de las discusiones y de que cuando eso pasaba Rodrigo aprovechaba para llevarse a la cama a otras chicas, yo siempre encontraba una pizca de idiotez en mi corazón que le justificaba y que creía que las cosas serían diferentes. Al final tenía razón, las cosas acabaron siendo diferentes, aunque no como yo hubiese deseado, y Rodrigo escogió a una de esas otras chicas en vez de a mí.

Después de eso me quedé destrozada y no tenía mucho espacio en mi cabeza para otros pensamientos que no fuesen: qué había hecho mal, qué estaba haciendo Rodrigo, si estaría pensando en mí como yo pensaba en él o si cambiaría de opinión respecto a nosotros. Necesité casi tres años para superarlo y volver a la realidad. Por supuesto durante ese tiempo continué haciendo planes con mis amigos y conociendo otros chicos, pero yo no era la misma persona, aquella relación me había cambiado, y hasta que no fui consciente de ello no pude encontrarme de nuevo. Recomponerme no fue fácil, pero una vez lo hice pude seguir adelante. No sé si es porque me esforcé muchísimo en olvidarle o porque al fin y al cabo su paso por mi piel no fue para tanto, pero a día de hoy el único recuerdo que tengo de él es el del golpe de un cigarrillo contra la palma de su mano antes de llevárselo a la boca.

A mis veintiocho años ya disfrutaba de una estabilidad laboral y económica, así que hacía bastantes pequeños viajes (sobre todo de fines de semana) con amigos y también sola, aunque los que hacía en solitario eran siempre dentro de España. Fue en uno de esos viajes en los que conocí a Nacho, que por suerte residía también en Madrid, evitándonos pasar por una de esas angustiosas relaciones a distancia. Con Nacho abrí de nuevo mi corazón y continué la lección que dejé a medias con mi primer novio, volviendo a vivir un amor dulce y cálido, un amor sano. Me encantaba la idea de que nos hubiésemos conocido viajando, como si ambos necesitásemos un compañero para compartir todo eso, y lo mejor era que como él tenía su propio negocio, una inmobiliaria, y mi trabajo me lo permitía, aprovechábamos las vacaciones de verano, navidad y los puentes para recorrer mundo. En cuatro años habíamos visitado gran parte de Europa, Japón, Estados Unidos, Canadá, Camboya, Nepal, India y Egipto. Nacho era muy organizado, así que siempre que viajábamos preparaba un itinerario detallado, algo que aunque puede parecer fantástico a mí me volvía un poco loca ya que me veía forzada a cumplirlo. Conocer otras culturas y dar clases en la escuela me hacía sentir bien, pero había algo que me preocupaba: en clase siempre tenía la respuesta para cada una de las preguntas que mis alumnos me planteaban y, sin embargo, mi vida estaba llena de preguntas cuya respuesta desconocía. A veces pensaba que la verdadera felicidad no existía y que siempre habría algo interponiéndose.thumbprint-693823_1280Estaba enamorada de Nacho y las cosas entre nosotros iban muy bien, pero por alguna razón tenía la sensación de que el verdadero motor de aquella relación era él y que yo simplemente me dejaba llevar como un salmón que se ha cansado de nadar y es arrastrado y sumergido por todo ese agua. Un año después de irnos a vivir juntos Nacho me dijo que deberíamos ir pensando en tener nuestro primer hijo, fue cuando reaccione, saliendo a respirar, saltando fuera del agua para echar a volar. Dejar a Nacho fue una de las cosas más duras y a la vez más liberadoras que he hecho nunca. Llevaba un tiempo echando de menos los viajes en solitario, así que volví a hacerlo; al principio sentí que guardaban la misma esencia que cuatro años atrás, hasta que empecé a echar de menos a Nacho y a dolerme su ausencia, de una manera más madura que con Rodrigo. Esta vez, cuando pensaba en Nacho me preguntaba si lo estaría pasando mal o si podría hacer algo para solucionarlo, descubriendo que hiciese lo que hiciese al menos uno de los dos lo pasaría mal. Hay muchas cosas que recuerdo de él, como la costumbre de escuchar la radio mientras desayunaba, el nombre por el que me llamaba cuando estábamos solos y nadie le oía, o el olor de su colonia, y que no creo que olvide, pues a día de hoy aún mantenemos el contacto.

La mayoría de la gente pensó que la decisión de dejar a mi tercer gran amor fue fruto de una crisis de pánico pasajera activada cuando él propuso que fuésemos padres y que yo volvería en cuanto se me pasara, pero yo sabía que sólo había sido una excusa para hacer algo que, aunque subconscientemente, llevaba tiempo queriendo hacer. De hecho, quedó confirmado por lo que sucedió más tarde con mi cuarto y último gran amor. Alejandro y yo nos conocimos en una cafetería medio año después; a los cinco meses ya compartíamos techo y un año después me quedé embarazada de nuestra hija, Claudia. Nunca me he preguntado por qué con Alejandro sí y con Nacho no, simplemente fue así y no creo que exista otra respuesta. O quizá la respuesta es demasiado compleja o difícil de explicar porque se encuentra en infinitos detalles. Por ejemplo, la forma en la que Alejandro me mira cuando estoy haciendo algo y él cree que no me doy cuenta me hace sentir protegida, como un pájaro que es observado al posarse en una rama, pero que puede echar a volar libre en cualquier momento mientras le sigues con la mirada para saber que sus alas continúan aleteando. O la sensación de que, aunque he viajado mucho, no he visto de verdad un lugar hasta que estoy allí con él y nos perdemos porque ninguno de los dos ha preparado un itinerario.

Hace unos años fuimos a Perú, era un viaje que llevábamos mucho tiempo planeando, ver la puesta de sol desde Machu Picchu. Recuerdo que al día siguiente de volver, ambos seguíamos de vacaciones, así que decidimos salir a desayunar, y mientras comíamos unas tortitas nos miramos y supe que estábamos pensando lo mismo. Haber visto aquel atardecer fue mágico, pero desayunar con Alejandro cada día me hacía mucho más feliz. No quise imaginarme lo que hubiese sido comer aquellas tortitas en Machu Picchu.

Lo que más me gusta de Alejandro es que aún sintiendo que sé lo que va a decir y cómo va a actuar en cada momento, sigue sorprendiéndome con algo nuevo. Es como si de pronto improvisase, como si el guión de nuestras vidas no estuviese completamente escrito, sino más bien existieran espacios o incluso páginas enteras en blanco esperando para ser completadas cuando estemos preparados. Lo que más me asusta, que con él todo son recuerdos.

Hoy mi hija Claudia, a sus diecinueve años, ha roto con su primer gran amor. Me gustaría contarle todo esto y pedirla que tenga paciencia, pero cada persona es diferente, y al igual que yo, ella también necesita pasar por todos esos grandes amores. Así que lo mejor que puedo hacer es sentarme a escucharla y fingir que yo no sé cómo se siente.

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