Porque nunca es demasiado pronto, ni demasiado tarde

-¿Qué hora es?

No llevaba ni un minuto (diría que unos 45 segundos) sentada en la parada del autobús cuando una señora me arrolló con esa pregunta. ¿Qué se supone que debía contestar? ¿No es lo suficientemente pronto? ¿Demasiado tarde?

Todo eso del tiempo ¿para qué sirve? ¿Qué sentido tiene? Unas veces decimos llegar a tiempo como si fuese algo bueno. ¿A tiempo de qué? No lo sé, sólo sé que antes no estábamos ahí… Otras nos disculpamos por llegar tarde, pero qué más da, si al final llegamos. Llegamos, y aun así no parece importarle a nadie.

-Disculpa, ¿tiene hora? – volvió a preguntarme.
-Demasiado tarde – contesté finalmente.
-Oh, no importa. Cogeré el siguiente.
-El siguiente… – susurré.
-Sí, esperaré el siguiente autobús. Tan sólo serán 15 minutos.
-15 minutos… – las palabras se escurrían sin fuerza de mi boca.
-Bueno, a veces olvido que para algunos 15 minutos es una eternidad. A mi edad nunca es demasiado pronto o demasiado tarde para nada, las cosas simplemente ocurren.

La miré mientras sacaba algo del bolso.

-Hoy traje galletas por si perdía el autobús. ¿Quieres?

Mastiqué aquella galleta mientras deseaba que el tiempo también dejara de existir para mí.

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