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Dejando de ser princesa

Érase una vez una chica que se creía princesa, razón por la cuál no dejaba de buscar a su príncipe, pues ningún hombre con menos título merecería su mano y su amor. Esperó unos cuantos años hasta que por fin se le presentó la oportunidad de casarse con el heredero del reino vecino, un joven con quien la genética se había portado muy bien, físicamente hablando, que al final y al cabo era lo más importante para nuestra ingenua (o ignorante) protagonista.

flower-explosionLos días pasaban, y con ellos las semanas, organizando la gran boda, pero aquel momento que debía ser de una felicidad inmensa se sentía más bien como una soledad desgarradora, ya que el príncipe siempre se encontraba ausente a causa de sus viajes de política exterior, de las largas reuniones con sus fieles consejeros o de los asuntos del pueblo que reclamaban su atención. Así, aunque las fiestas de palacio eran numerosas, la muchacha sólo compartía un baile con su prometido y luego este se retiraba a beber desde su trono o a charlar con otros nobles. Ya no recordaba cuánto hacía desde la última vez que pasaran un día juntos, que cenaran en la misma mesa, o que riera con él. A veces incluso ella le odiaba por abandonarla, pero enseguida se le pasaba el enfado al recordar que ellos nunca habían estado tan unidos como para poder usar la palabra “abandono” y que quizá la culpa fuese suya por no tener intereses propios. Fue en ese momento en el que la aspirante a reina tomó el control de su rutina, o quizá debiéramos decir el descontrol, pues empezó a actuar de una forma completamente espontánea tomando prestada como única guía su apetito: unas veces era apetito de montar a caballo, otras de leer, de observar el amanecer, de pasear por la ciudad o incluso de pasarse una mañana cocinando algo para luego devorarlo en unos minutos, pero sobre todo, de lo que sentía más apetito era de pintar.

Un día se encontraba pintando, pero a pesar de que las doncellas que siempre la acompañaban la decían que era una hermosa pintura, ella sabía que le faltaba un color que no tenía para acabarla. Recordó entonces que su tía, de quien había heredado ese amor por el mundo de los pinceles, le explicó cómo sacar colores de los pétalos de las flores, así que sólo tenía que encontrar ese tono en la naturaleza para hacer su obra más real. Fue a las afueras donde halló una pequeña flor con ese color, sin embargo estaba mustia, apagada, y la princesa pensó que aunque consiguiese convertirla en tinta quedaría reflejado en la pintura el tono triste de aquella flor, cabizbaja, que de algún modo le recordaba a sí misma. Entonces un hombre que la observaba acostado en la colina le preguntó:

-¿Ha perdido algo?

-No, más bien lo he encontrado, aunque no como esperaba.

-¿Se refiere a la flor morada?

-Es lila, pero sí, me refiero a la flor.

-Perdóneme, no quería ofenderla – dijo mientras se acercaba – siempre he creído que el nombre era lo de menos, que lo importante es lo que significa para nosotros ese color al verlo, lo que nos transmite, el lugar al que nos transporta.

-Y tiene toda la razón. Yo no veo un tono lila, veo…

-Soledad

-Sí, está sola. Está viviendo y muriendo sola.

-Venga por aquí – le dijo el campesino.

Rodearon una casa y de pronto estaban ante un valle repleto de flores de todos los colores.

-¿Podría coger alguna?

-Vaya pregunta. No son mías, ni de nadie, así que supongo que sí puedes, pero te recomiendo que no cojas más de las que necesitas. De hecho, te propongo que cojas unas pocas y cada día que lo necesites vuelvas a por más y así disfrutar de tu compañía.

-¿Usted no trabaja?

-Crío y cultivo en mis tierras, y de eso vivo. Una vez a la semana voy a la ciudad a vender para sacar algo de dinero y poder así comprar otras cosas.

-¿Es esta su casa?

-Sí. ¿Por qué la mira así?

-No la miro de ninguna forma. Es sólo que me pregunto si tiene espacio suficiente.

-A veces incluso pienso que me sobra espacio – dijo el muchacho riendo. -Su casa es más grande supongo.

-Yo vivo en el palacio, así que, sin ánimo de ofender, mi habitación es más grande que su casa.

-Caray. No me ofende. Tiene que ser impresionante vivir en palacio, pero no dejo de pensar que se trata igualmente de un espacio rodeado por paredes. Yo utilizo mi casa para dormir, cocinar y protegerme del frío, pero como bien ha visto, prácticamente hago vida fuera. Le recomiendo que lo pruebe.

A partir de ese día, la planificación de la boda pasó a ser un asunto de tercer o cuarto grado en la lista de prioridades de la princesa. Al principio dos días por semanas y después casi todos los días, la joven se trasladaba con sus lienzos al valle y desde allí pintaba, mientras conversaba con el campesino. Al llegar a palacio, lo único que hacía era pensar en lo que pintaría al día siguiente. El príncipe apenas fue consciente de la ausencia de la princesa, así que un día, sin decir nada, la princesa bajó al valle para no volver jamás.

Unos meses después sonaron las campanas de la iglesia anunciando la boda real, pero la princesa que nunca llegó a ser princesa ni siquiera las escuchó tumbada en aquella colina.